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Mis creaciones de cerámica en...

viernes, 8 de junio de 2012

RELATO 7: "Cosas de Mujeres" (mobbing en el trabajo)

RELATO finalista concurso "Las Mujeres cuentan" año 2006: 
"COSAS DE MUJERES".
Trata sobre un tema actual, y real. Nos cuenta un caso de acoso y derribo en el trabajo, tecnicamente conocido por "mobbing"....

"Concurso:
Las Mujeres Cuentan"
Va dedicado a "mis decapitadas favoritas".  

La historia la escriben los vencedores"
Los que ganan son los que escriben la historia a su antojo, quedando como verdadera para el resto del mundo.
Sé que la historia común de las trabajadoras vencidas, las que vivimos aquellos días tan extraños, será manipulada por los vencedores, a su gusto y conveniencia. Para ellos, que dejaran oir su voz todopoderosa si alguien osa preguntar por "aquello” que sucedió hace un tiempo, sólo seremos un atajo de mujeres conflictivas que hicieron la vida imposible a esa tan respetuosa empresa y que, por lo tanto, merecen ser escarnecidas y ante todo, olvidadas. Por eso creo que está bien que se sepa la otra historia. La de los vencidos. 
"La historia de las decapitadas".  
A ellas les dedico este relato.
 

"Va dedicado a...
 Mis decapitadas favoritas"
Es algo irreprimible. La asfixia se adueña de mi garganta, un sabor amargo invade mi boca, la nariz aletea reclamando más oxigeno, y un grito se escapa en silencio a través de los ojos, por medio de dos gruesas lágrimas.
Me está dando un ataque de ansiedad.
Yo solía reírme de las personas que tenían depresión. Decía que todo eran tonterías. Pero ya no me río. Porque en cierta ocasión yo también toqué fondo. Actualmente ya no tengo depresión, aunque de vez en cuando, sí sufro ataques de angustia. Afortunadamente con la terapia aprendí a controlarlos. Respiro profundamente y me digo que ya se me pasa, que se tiene que pasar. Retomo la respiración, reinicio mis pasos y me observo en el cristal de un escaparate.
Bien. Lo disimulo bastante bien. 
Nadie va a notar qué es lo que me ocurre.
¿Que porqué me sucede esto os preguntareis?
Para que lo entendáis tendré que empezar desde el principio.

EL DESTIERRO
Cuando la encargada vino a mi mesa presentí que había llegado mi hora. Hacía días que las evidencias eran palpables: me revisaba minuciosamente los trabajos al acecho de una falta, por insignificante que fuese, con la que ser recriminada o ridiculizada, si alguien se me acercaba era amonestado, me retiró el saludo, me daba los peores trabajos y me escondía información acerca de ellos, hablaba mal de mí a mis espaldas, su tono de voz se volvió sarcástico y tanto ella como sus dos compinches (dos trabajadoras que siguiéndole el juego esperaban tener asegurados sus puestos de trabajo) me miraban como miran los verdugos segundos antes de cortarle la cabeza a alguien. Así pues, cuando "ella" me dijo:
- Quieren hablar contigo en Personal -
Todas sabíamos qué sucedería. Antes que a mí esto mismo ya lo sufrieron otras trabajadoras. Buenas profesionales, excelentes personas. Por lo tanto, gente peligrosa porque cualquiera de ellas podía reemplazarla como encargada.

".... Todas mis compañeras lo
presenciaban
 en silencio y cabizbajas:
el rebaño callaba,
temeroso....
En aquellos momentos yo asentí y proseguí con mi tarea. Eso la puso nerviosa y se mostró impaciente observándome desde su mesa mientras yo me tomaba un tiempo para tranquilizarme con la excusa de terminar el trabajo.
Todas mis compañeras lo presenciaban en silencio y cabizbajas: el rebaño callaba, temeroso de que si alguna oveja balaba preguntando o protestando, ésta se convirtiese en la próxima víctima.
Un momento antes de entrar en Personal me dije: 
"Digna, muéstrate digna, y no te acobardes, hazlo por ti y por tus compañeras... ya decapitadas".
Veréis… mi empresa se gasta millones en publicidad para vendernos la apariencia de ser una empresa sólida, moderna y responsable. Yo me lo creí, por eso, cuando me incorporé a ella, consideré a los mandamases de Personal y Dirección como una especie de seres superiores que valorarían a la gente seria que supiese trabajar bien y en equipo. Pero después de demasiado tiempo padeciendo situaciones poco coherentes y bastante humillantes por parte de mi encargada y sus dos compinches, con aceptación de aquellos seres superiores, éstos habían caído de su pedestal para convertirse en simples alimañas.
      Así que allí estaba yo, sentada frente a la mesa del "pez gordo" de Personal, esperando que expusiese en mi contra toda una sarta de mentiras o exageraciones para justificar el despido. Pero no fue así. Sorpresa. Parece ser que mi encargada no había conseguido ninguna prueba en mi contra. Por lo tanto no había un despido pero sí un traslado a otra sección, alegando la movilidad funcional. En definitiva el destierro. El pez gordo me informó que se me respetaría el horario, la categoría y el sueldo, pero no las condiciones físicas y el trabajo. Iban a cambiar. A peor. El pez gordo empequeñeció sus ojos detrás de los gruesos cristales de sus gafas.
Esperaba mi reacción, que no fue para nada la que esperaba, (pedir la cuenta). Sino otra, corta pero contundente:
-Si no hay más remedio... deberé aceptar el cambio, casi es preferible con tal de salir de ese agujero, pero antes quiero que me digas de qué me ha servido trabajar con tanto interés durante estos años, y te consta que es cierto porque mis partes de producción están ahí para probarlo. Quiero que me digas porqué despedís a gente trabajadora y dejáis a gente menos profesional en esa sección. ¿Por qué no se les valora? No es lógico... ni honrado.
-Ésa es solo tu opinión, no obstante... es cierto, trabajar bien únicamente es parte de la valoración general, aquí... hay otras cosas que también se valoran.
Nos miramos en silencio y él leyó perfectamente en mis ojos la frase: "el enchufe, la pelota, el saber tragar es lo que más pesa aquí, a no ser que dejéis a las más ineptas adrede, para hundir ese departamento que os sobra".
No obstante tragué esa frase y levantándome le contesté:
-Pues sí, solo es mi pobre opinión. En fin, ahora mismo me incorporo a mi nueva sección. Ah... y gracias por aclararme que trabajar mucho y bien se valora poco en Panolis (le diremos así a esta empresa) tomo nota. De ahora en adelante no me esforzaré demasiado, para lo que sirve aquí...

Los primeros días en mi nuevo departamento fueron duros físicamente, pero terribles emocionalmente. Sabía que mi nombre estaba escrito en rojo y rodeado con luces intermitentes en el despacho de "Pez gordo", el cual estaría esperando una mínima excusa para despedirme, porque yo me había convertido en el tiro que les salió por la culata y además, había demostrado que no le tenía miedo. Por otro lado me sentía repudiada, infravalorada, arrancada del oficio por el que me había ilusionado, preparado y por el que había entrado a trabajar en Panolis.
De ahora en adelante trabajaría en un trabajo impuesto a la fuerza por el que no sentía ningún interés ni realización.
".... fue un buen método
para imponer la
Ley del Silencio."
Me atormentaba pensar cómo aquella empresa se gastaba millones cuidando su imagen pública y en cambio aceptaba aquel juego tan poco ético e ilógico. Pero la respuesta era simple: estábamos en una gran crisis económica, sobraba gente en todas las fábricas de la comarca, en Panolis también, mejor que se marchasen los trabajadores que no despedirlos. Aquello significaría más dinero que pagar con finiquitos, pero sobre todo, más comentarios públicos de una posible bancarrota, que dañarían su imagen todopoderosa. Por lo tanto les convenía que reinase el caos, el malestar, y que la gente se fuese por voluntad propia. Para ello, en mi sección, única compuesta por mujeres dentro de una fábrica de hombres, el carácter de mi encargada les venía muy bien. Ella era una persona celosa y desconfiada, sentía miedo a fracasar, necesitaba ser admirada o temida, no admitía críticas ni consejos, justificaba sus errores y meteduras de pata haciéndolas recaer en los demás y era extremadamente hábil en representar el papel de víctima.
El miedo a un despido (y más ahora que los puestos de trabajo escaseaban) fue un buen método para imponer la Ley del Silencio.

Todo lo que sucedió durante aquella situación caótica e insegura es demasiado largo, complejo y vergonzoso para explicar a cualquiera ajeno a esa realidad. No se podría creer. Una persona lo ha de sufrir: Vereis, primero llega la presión, luego la vejación y más tarde el acoso. Sucede de una manera sutil, constante y con resultados devastadores.
Lentamente va envenenándote, marchitándote, hasta acabar con tu vida laboral y personal.
Te sientes agotada física y emocionalmente, empiezas a sufrir pesadillas, taquicardias, ansiedad, irritabilidad y mucha inseguridad, siempre estas a la defensiva y terminas sintiéndote sucia e inútil No sirves para nada, ni siquiera para protestar. Aunque tampoco servía para mucho protestar en Personal o Dirección, a las que se atrevieron a hacerlo se les respondió que no había pruebas palpables de que los motivos de sus quejas fuesen fiables. ¿Y si mentían o exageraban? Por lo tanto ellos no intervendrían para arreglar aquella situación, al fin y al cabo, solo eran... "cosas de mujeres".
Ante aquella contestación, que incluso daban al delegado sindical cuando éste se hacía eco de las quejas, algunas pedían la cuenta y se iban, otras soportaban el martirio deseando el despido, y cuando éste les llegaba, aliviadas, se iban, a toda prisa y en silencio, tal y como le interesaba a la empresa. De esta manera la encargada y sus dos compinches se lo pasaban en grande, cuando una de nosotras iba a la guillotina elegían a la siguiente víctima con la que descargar todos sus complejos, narcisismo y carácter barriobajero. Lo hacían impunemente, sabedoras de que nadie les iba a parar los pies, incluso, quién sabe, pudiera ser que les diesen una medalla si conseguían guillotinar...  a todo el departamento sobrante.


EL EXTERMINIO
".... dentro de un torbellino que
crecía, tragándose todo
 lo bueno que encontraba
 a su paso... "
Aunque era duro sentirme desterrada, fue un alivio vivir apartada del infierno que se convirtió mi, ya, ex departamento. Yo apenas tenía contacto con mis antiguas compañeras, pero de vez en cuando venía alguna de ellas a despedirse de mí porque dejaba la empresa, entonces me ponía al día sobre el variado abanico de últimas humillaciones. Lo más reciente era pasar por el lado de la mesa de Consuelo, la próxima guillotinada, y comentar en voz alta para ser oídas por el resto de trabajadoras, que continuaban callando en su típico comportamiento borreguil: "Uf, qué mal olor hace cuando se pasa por aquí. Huele a mierda". A continuación se sacaban una pequeña botella de spray de colonia y pulverizaban los alrededores de Consuelo, después de aquel encubierto desprecio regresaban a sus mesas riendo socarronamente. La tal Consuelo había subido a Personal a quejarse, sin que hasta la fecha le diesen solución, objetando que aquello era cosas de mujeres, que ellos no iban a interceder. 
     Ésa era la razón de que aquellas humillaciones, sin nadie que las frenase, se volviesen más calculadas y destructivas. Era como estar dentro de un torbellino que crecía, tragándose todo lo bueno que encontraba a su paso, haciendo aflorar lo peor que todo ser humano lleva dentro de él.
        El final de esta historia tragicómica comenzó una tarde.
Llegaba yo a Castellón cuando las dos compinches de la encargada, y ésta, que solían subir y bajar del trabajo en el mismo coche, me adelantaron regalándome con varias muecas insultantes que no detallaré. Luego aceleraron y en la siguiente rotonda las perdí de vista.
Me dije que había sufrido una alucinación, que no podía haber visto aquello. No conté nada a mi familia... ¡ cómo podían creer lo que yo apenas creía a pesar de haberlo presenciado!.
Me enteré en la fábrica que aquellas burlas también las sufrían más compañeras. Y... fueron repitiéndose. Cada vez buscando una reacción en mí, sus muecas eran más exageradas y atrevidas, llegaron a incluir gestos obscenos y gritos con insultos barriobajeros.
Yo las ignoraba, pensando que se cansarían, que aquello era el mejor desprecio. Y también callaba. Me sentía ridícula llegando a casa y diciendo: "fulanita y menganita me hacen burla".  Sería como ser una niña pequeña chivándose a su madre o a la maestra. 
No las entendía. Me preguntaba cómo podían caer tan bajo.  ¿Acaso les molestaba que no hubiese pedido la cuenta, o es que les fastidiaba verme integrada en otra sección y apartada del tormento que ellas continuaban infringiendo en su departamento, a todas menos a mí?.
No comprendía nada, pero una cosa sí sabía con certeza: tenía que pararlo. Así que las busqué en el trabajo y les dije que si volvía a repetirse la situación iría a quejarme a Personal. Ellas rieron cínicamente y ese día me obsequiaron con un letrero que la copiloto sacó por la ventanilla del coche y en el que se leía:
"Eres una fracasada y una cerda, te vamos a alisar el pelo". 
Después aceleraron y las perdí de vista.
Aparte de indignarme aquella desfachatez, me contrariaba que semejantes personajes siguiesen trabajando en aquella tan "seria y prestigiosa" empresa, mientras tantas buenas compañeras estaban siendo despedidas. Además, el rostro de la copiloto mientras sacaba el letrero, su risa histérica, sus ojos desencajados expresando el goce de la más pura y simple maldad, me había dejado perpleja. Jamás antes había visto yo una expresión tan malévola.
Y... se acostumbraron a los letreros. Y... los iban variando, aunque el más frecuente era una mano enorme de cartón, con todos los dedos cerrados menos el del medio, que todo el mundo sabe qué significa.
Un día decidí subir a Personal y exponer la situación. La respuesta del pez gordo fue muy simple: Aquello podía ser cierto como podía ser mentira, quizás me estaba inventando todo aquello porque era una envidiosa. ¿Quién me iba a creer? Necesitaba pruebas. El no pensaba intervenir, al fin y al cabo eran tonterías, simples... cosas de mujeres.


APOCALIPSIS
Aquella especie de cacería que se habían montado a mi costa, siendo yo el conejo y ellas las zorras, estaba terminando con mis nervios, por eso empecé a aficionarme a las pastillas de valeriana y cuando éstas no fueron suficientes, pasé a las cápsulas de Amapola de California. Estaba al límite de mis fuerzas. Tenía que encontrar un modo de pararles los pies.
Entonces se me ocurrió una idea, aquella mañana, antes de salir de casa, cogí la cámara de fotografiar y la dejé sobre mi asiento de copiloto. Cuando por la tarde me adelantaron con su coche enseñándome su letrero-mano, yo cogí la cámara con una mano, mientras con la otra sujetaba el volante, y como pude les hice varias fotografías. Eso las sorprendió, escondieron su letrero y las perdí de vista. "Victoria, me dije, se lo van a pensar dos veces antes de volver a insultarme". 
        Pero cuando llegué a casa cuál fue mi sorpresa cuando las vi a las tres allí, esperándome, con cara de pocos amigos. Mi ex-encargada era muy lista, se apartó varios metros dejando el trabajo sucio para sus dos perras amaestradas, una de ellas se adelantó varios pasos y me gritó que quién era yo para hacerle fotos, que le diese el carrete. Yo le contesté que dejaría de fotografiarlas en cuanto dejasen de darme motivos para ello. La gente se paró a mirarnos ya que las bocas de fulanita y menganita empezaron a vomitar sendos insultos, una de ellas incluso tiró del bolso que yo llevaba (la máquina de fotografiar la había dejado en el coche), forcejeamos y fulanita me golpeó el brazo, entonces le grité que parase, que si no tenían vergüenza de hacer todo aquello que hacían, unas personas adultas y madres de familia como eran...
    Y entonces... oh entonces - no os lo vais a creer pero os aseguro que eso es lo que pasó -  entonces va menganita y de un tirón se levanta la camiseta y empezó a dar saltos, enseñando los pechos al descubierto y gritando en un clímax de locura y mala leche: 
- ¿Vergüenza yo? Mira la vergüenza que yo tengo, a mí me la sudan tú y todas las tías de Panolis, mira, mira la vergüenza que yo tengo.
Me quedé de piedra y ellas aprovecharon la ocasión para arrancarme el bolso y echar a correr. Yo seguía paralizada, mirándolas espantada como el resto de viandantes; en la esquina se detuvieron, registraron el interior del bolso y al ver que no estaba la cámara lo echaron al suelo. Antes de salir corriendo me gritaron:
-Como enseñes alguna foto terminarás teniendo un accidente en la carretera. Lo mejor que podrías hacer es largarte de Panolis. Esto no va a quedar así, te vamos a cortar la cabeza.
....  mirando obsesivamente el retrovisor...

Media hora más tarde estaba en la comisaría relatando los sucesos a un puñado de policías que no sabían si echarse a reír o guardar la compostura.
      Al día siguiente no fui a trabajar, pero sí me dirigí al ambulatorio de mi médico de cabecera. Llevaba puestas las gafas de sol más grandes que encontré por casa. 
Cuando entré en el consultorio me senté en la silla y oí cómo el médico me decía distraídamente, mientras ojeaba mi historial: "Tú dirás" .
Sólo alcancé a tartamudear y rompí a sollozar, entonces él me pidió que me quitase las gafas, cuando lo hice, tras escrutarme el rostro, murmuró en un hilo de voz: "¿Desde cuándo estas así?"
    Fue mi delegado sindical el que presentó en Panolis mi Parte de Baja por depresión y una copia de la denuncia. Ignoro cómo fue la entrevista sólo sé que unas semanas después fulanita y menganita fueron despedidas y la encargada rebajada a simple trabajadora.
DENTRO DEL AGUJERO
¿Creéis que con aquello yo podía sentirme satisfecha y levantar cabeza? Todo lo contrario. Faltaba encarar el juicio por mi denuncia y salir de mi derrotado estado de ánimo. Me sentía terriblemente sucia. Sobre todo cuando tras la denuncia tuve que relatar mi historia a personas desconocidas, que podían creerme o ponerlo en duda. En el Sindicato fueron sinceros:
- "Objetivamente esta denuncia por insultos, amenazas y agresión ha sucedido en la carretera y en la calle, no en el lugar de trabajo, por lo tanto no podría enfocarse como un tema laboral. Unicamente se haría de esa manera si el resto de tus compañeras denunciasen a la empresa por permisividad de maltrato psicológico en el trabajo o despidos improcedentes. Habrá que investigar toda la situación, será complicado y duro. Panolis no es una empresa cualquiera, tiene muchas influencias, incluso políticas, todo el mundo lo sabe, cuenta con buenos abogados que minimizarán los hechos, dirán que ellos no tienen la culpa de nada, alegarán que todo eran líos, envidias, ya sabes... cosa de mujeres. Que la empresa, tan seria, cuando se enteró depuró responsabilidades. Será difícil demostrar su complicidad. Si consigues que alguna compañera se anime a denunciar a la empresa tendréis que estar unidas y evaluar las consecuencias: Tratándose de Panolis puede salir a la luz pública, podéis terminar en boca de todo el mundo, unos os darán la razón y otros... sencillamente os crucificarán".

Así que busqué aliadas. Los resultados fueron que las despedidas habían rehecho su vida laboral y no quisieron enturbiarla con un juicio de semejantes dimensiones. Y las que trabajaban, por fin libres del martirio de aquellas tres, se negaban a atestiguar contra una empresa que les daba un sueldo en plena época de crisis. Las hipotecas pesaban más que las conciencias.
 Para ser justa he de reconocer que unas pocas se ofrecieron no para ser parte denunciante, sino como meros testigos. Pero estaban asustadas y vacilantes. Para mí era un cargo de conciencia presionarlas para que no se arrepintiesen de su apoyo, ya que continuamente insinuaban... "a ver si podía arreglar el asunto por las buenas". Con aquel panorama tenía serias dudas de que resistiésemos unidas todo el peliculón que se nos vendría encima.
          Así pues, descartado un juicio con enfoque laboral, únicamente quedaba un juicio civil por amenazas, insultos y agresión.
Tuve que buscarme un abogado, y tras examinar la historia me habló claro:
- "Pueden haber varios resultados: Uno, que logremos que te crea el juez y te paguen una indemnización por los daños emocionales; pero entonces ellas recurrirán y la cosa se alargará indefinidamente. También podemos probar tu historia, pero que el juez no le dé mucha importancia, lo catalogue con una simple falta, que es lo normal, tu no sabes la de cosas que se ven todos los días en el juzgado, y con una mínima sanción se cierra el caso. A ti te habrá costado más la minuta del abogado y el procurador. Pero también puede que ellas, con lo astutas y desvergonzadas que parecen ser, monten una doble historia, incluso puede que traigan testigos amañados, y el Juez, mareado, os ponga a todas en el mismo saco y termine multando a ambas partes por escándalo público o absolviéndolas a ellas por falta de pruebas suficientes. Es tu palabra contra la suya, es cierto que tienes algunas fotografías, pero mira lo que te digo... quizás sería incluso malo para ti, según cómo se enfocase el asunto. En definitiva... Podría salir cualquier sentencia.
          Era cierto -me dije- a menudo te enterabas de sucesos terribles con sentencias ridículas, donde las víctima tenían que oír cómo sus verdugos justificaban su conducta con innumerables mentiras que consiguieron, por una parte hundir en mayor miseria a la víctima y por otra, evadirse de la justicia el agresor. . .
Además... me empezó a invadir la certeza de que si conseguía ganar el juicio ellas buscarían una manera de vengarse impunemente de mí. Podían hacer cualquier cosa, destrozarme el coche una noche - de hecho ya lo habian hecho pinchándome tres ruedas - o meterse con alguno de mis hijos. ¿Quién me aseguraba que alguien no les parase por la calle para amenazarles? Por lo que había averiguado los círculos sociales de aquellas tres tunantas no eran nada decentes. Dios mío, ¿cómo iba a salir de aquel embrollo? Pero si yo sólo había querido trabajar en paz...
"... poniendo en entredicho mis palabras..."

Por unos días tuve que visitar el Juzgado, para las Diligencias Previas y una inspección al Medico Forense. Aquellas visitas a los Juzgados me trastornaron todavía más. Mezclada entre gente corriente y otras de aspecto sospecho, me preguntaba qué demonios hacía yo allí. Me sentía como una delincuente, culpable de algo atroz cuando en realidad era la víctima. No podía dejar de imaginarme la Sala el día del juicio, rodeada de abogados, fiscales, interrogándome, poniendo en entredicho mis declaraciones, buscando algo que probase que yo era la culpable, y las veía a ellas y sus testigos falsos vomitando patrañas, mofándose de mi delante de todo el mundo.
Aquella incertidumbre, el terror a luchar contra gente sin escrúpulos, la ansiedad por si la empresa se veía salpicada y ponía toda su maquinaria en contra de mí, el pensar que si aquel asunto saliese a la luz publica pudiese perjudicar de rebote a mi familia, la duda de si después de todo aquel sacrificio la sentencia fuese ridícula o incluso desfavorable...

"... en el fondo del más negro y..."

TODO, TODO, hizo que acabase en el fondo del más negro y profundo infierno. ¿Qué cómo se vive allí?
Perdí la concentración, la memoria, entendía poco lo que me decían, lo que leía, lo que veía por la televisión, pensaba que la gente me menospreciaba, que no era digna de ningún cariño o respeto, en la calle me entraban ataques de fobia, sobre todo si veía a personas parecidas físicamente a "ellas” o carteles con publicidad de aquella tan importante empresa conocida como Panolis.
Las tareas de casa se amontonaban, mis aficiones y contactos sociales se anularon, no podía conducir el coche puesto que me pasaba el rato mirando obsesivamente por el retrovisor, a la búsqueda de un coche que me adelantase para insultarme. Mi carácter se alteró, discutía continuamente, para terminar llorando a continuación, comencé a odiar a todo el mundo, creyéndoles egoístas e insensibles. Quise cambiar, hacerme egocéntrica, pensando que solo de esa manera lograría sobrevivir en una sociedad tan materialista e inhumana.
Busqué la soledad, y allí me refugié. 
Un día el teléfono sonó. Mi abogado me dijo que ellas querían negociar. Si yo me olvidaba de la denuncia, ellas se comprometían a pagarme todos los gastos habidos hasta la fecha y a firmar un documento como que nunca más me molestarían. El me aconsejó que lo pensase, que era una manera practica y rápida de terminar con el tema. Yo necesitaba tranquilidad emocional. ¿Cómo iba a resistir un juicio y sus consecuencias, si éstas no eran muy favorables, estando en el estado de ánimo en que me encontraba?
Accedí al trato con sentimientos de culpa y alivio al mismo tiempo. Ellas habían sido despedidas, rebajadas, se iban a rascar el bolsillo y me firmaban un papel para no molestarme jamás... ¿Qué más podía pedir? Justicia. ¿O era venganza lo que exigía mi corazón? Nunca he creído en ella. El rencor, el odio… te pudre por dentro. Sería mejor pasar página. Esta decisión para unos podría significar cobardía, pero para otros sensatez. Yo sólo sabía que necesitaba sosiego, accediendo todo aquel asunto habría acabado, no habría juicio, ni sorpresas, ni represalias.
Además, en esa negra época de depresión, dejé de creer en las leyes de los hombres pero mantuve firme la fe en la ley de la Vida y a ella invoqué para que, un día, a su manera, hiciese Justicia.


AVE FÉNIX
"... tal cual si fuese la mitica Ave Fénix..."
Empecé a asistir con cierto escepticismo a terapia. Sorprendentemente, poco a poco, percibí cierta luz desde el fondo de aquel profundo agujero. Paso a paso conseguí controlar el llanto, la apatía, los arranques de ira. Nuevamente sentí interés por la lectura y aproveché aquella brizna de aire fresco que entraba en mi vida, para rebuscar en los estantes de la biblioteca municipal y llevarme a casa varios libros. En sus páginas descubrí qué era aquello del "Mobbing" (acoso psicológico en el trabajo). La reflexión sobre lo leído fue determinante para verme reflejada entre aquellas líneas de imprenta y dejar de creerme un bicho raro al que le había pasado algo poco creíble. Desgraciadamente mi caso era más que habitual y existía desde tiempos remotos, desde el mismo día en que Caín mató a Abel por celos. Después pasé a leer otros libros, esta vez sobre la autoestima y autoayuda. A medida que mis cualidades innatas positivas retornaban, iba deshaciéndome de las negativas e incorporando otras nuevas, descubiertas entre aquellos libros y reflexiones. Fui moldeando un ser nuevo, más fuerte y mejor, capáz de renacer de sus propias cenizas, tal cual fuese la mítica Ave Fénix.

"Hace siglos que las mujeres vienen reclamando igualdad y respeto. Por esto algunas de ellas han sido apedreadas, quemadas, ajusticiadas, o en el mejor de los casos, ignoradas. Actualmente todavía queda mucho camino para dignificar a la mujer en general, y en este caso que nos toca, en el mundo laboral".
Cuando me diesen el Alta médica, “ÉSA” era sin duda la razón con la que yo debía apoyarme para volver a Panolis, a falta de otro apoyo: demostrarle a quien lo quisiera ver, que las mujeres podíamos ser tan serias y profesionales como los hombres, a cambio solo pedíamos respeto. No se nos podía poner a todas en el mismo saco, ni aprovechar los descarríos de unas pocas para desprestigiar al resto de mujeres. Lo ocurrido en Panolis no era cosa de mujeres. No. Era sólo cuestión de falta de ética y justicia. Sin importar el sexo.


EL REGRESO
Avanzo por la nave y descubro a mis compañeros en el rincón habitual, reunidos esperando que toquen las ocho de la mañana para iniciar su jornada laboral. Al verme me saludan, me preguntan si ya estoy bien. También se acerca mi actual encargado, entonces dan las ocho y todo el mundo se pone a trabajar. Él me da algo de trabajo para preparar, comentando: "sin prisas, a tu aire". Me cuesta retomar el ritmo, de vez en cuando, ante el asalto de un recuerdo, se me humedecen los ojos y noto una quemazón en la garganta. Respiro hondo y se me pasa. A las diez de la mañana nos vamos a almorzar. De camino al comedor mis compañeros me rodean, me fuerzan a compartir su charla. Cuando entro en el comedor intento dar una apariencia normal, como si ayer mismo hubiese estado trabajando, como si estos últimos meses no hubiesen existido.
"... para pedir lo de siempre, un cortado. "
E intento no mirarla. Intuyo que "ella" esta aquí. De reojo la busco encontrándola apoyada en la barra del comedor. Sola. Pero yo no veo una mujer, solo veo una garrapata.
Fuerzo una sonrisa y un saludo ante la gente que me descubre, que me dice que se alegra de verme, después les veo marchar a su mesa y comentar algo en voz baja, mientras nos miran a las dos, de hito en hito.
Me acerco a la barra para pedir lo de siempre, un cortado. La camarera me lo pone diciéndome lo mucho que se alegra de volver a verme. Yo le regalo la mejor de mis sonrisas. Luego cojo entre mis dedos temblorosos el vaso y me voy a la mesa donde mis compañeros me han reservado un asiento en el centro. Mi ex, ella, almuerza sola, deprisa, de pie en la barra, luego sale del comedor con aire autosuficiente. Yo me hago la despistada, como si no me hubiese percatado del aceleramiento de los latidos de mi corazón ante el paso de ella a pocos centímetros de mi asiento. Entonces, uno de mis compañeros me comenta en baja voz:
- Apenas nadie la saluda, y dicen que, en su departamento, nadie le habla. ¿Sabes? no te creas que es el único mal bicho de Panolis, el mundo está lleno de gente que solo sabe vivir pisoteando a los demás, tú... no hagas caso.
Yo intento sonreírle mientras asiento con la cabeza, no respondo y todos retoman sus conversaciones mientras sorbo, poco a poco, mi cortado.
          El pez gordo esperó pacientemente un año y seis días antes de liquidarme. No me pilló desprevenida. Sabía que entre los dos había una cuenta pendiente. Fui incluida dentro de una reducción de plantilla de finales de año.
Dicen que antes de morir ves pasar tu vida frente a ti, como en una película, pues a mí me sucedió lo mismo. Mis años en Panolis pasaron frente a mis ojos en pocos segundos: rostros, anécdotas, encuentros... miles de recuerdos me asaltaron a cada paso que daba, como agazapados duendes al acecho de ser redescubiertos. Cuando aquella tarde salí de la fabrica no podía creer que por fin todo, todo, hubiese ya terminado. Tenía que sentir alivio, y de hecho eso sentía, no obstante ¿porqué aquel dolor se clavaba en mi pecho? No era por la perdida del trabajo. No. Si no por lo que hubiese podido haber sido, y núnca fue, de habernos tratado de una manera coherente. Y decente.
Y ya está. Historia terminada. Contada resumida y cortando muchos trozos, intensos, duros unos, tiernos otros, sorprendentes los que más, porque no olvidemos que éste es un relato corto y no da para que quepa todo el culebrón que pasamos.
     Bueno, retornemos al principio de la historia. ¿Recuerdas?
Me encuentro mirando mi reflejo en un escaparate y controlándome un ataque de ansiedad. Supongo que son las reminiscencias de la depresión. Me encuentro cerca de mi oficina del Servef. Vay a apuntarme al Paro.
"una lagrima resbala desde sus ojos ingenuos y..."
Comienzo a pensar como suelo hacer en momentos "bajos" de mi vida, en mis antepasadas, en las mujeres de mi familia, ellas afrontaron muchas desgracias, por eso desde pequeña me inculcaron grandes valores y me descubrieron el verdadero sentido de la vida, que no es otro que morir siendo mejores personas de como nacimos. Sintiendo su apoyo reanudo los pasos.
Me detengo en el semáforo. Somos un nutrido grupo de peatones esperando que se ponga en verde. Cuando lo hace cruzamos a tropel la calzada. De pronto veo a una niña pequeña tropezar y caer al suelo, esparciendo su bolsa de "gusanitos", su madre lleva en brazos un bebe y no puede atenderla. Yo adelanto unos pasos, la recojo y la llevo hasta la acera, tranquilizo a la madre con un "no se ha hecho nada", le limpio las manos y la cara con un pañuelo de papel. Veo cómo una lágrima resbala desde sus ojos ingenuos, avergonzados y asustados. Se la seco mirándola con ternura pero fijamente, para que entienda "el mensaje". 


"Adelante, siempre adelante".
El mismo mensaje que siempre me dieron las mujeres de mi familia:
-No llores, no tiene importancia.... simplemente levántate y camina, vuelve a intentarlo. Adelante, siempre adelante.

domingo, 3 de junio de 2012

RELATO 6: Entre las finalistas del concurso "Las mujeres cuentan año 2000" : relato, AVE FENIX 2000 ( o cómo buscar trabajo y no morir en el intento)




"Concurso literario Las Mujeres cuentan, año 2000".


"Ave Fénix 2000"

Observando el serpenteante y continuo destello de  las luces  de nuestros coches, vistas  por  de­trás, las comparo a cuencas de un largo collar de rubíes. De frente, se asemejan más a un collar de perlas. Las contemplo desde la rotonda que va hacia Borriol, a lo le­jos me espera  la que me unirá  con los coches que suben de Castellón o llegan  desde  Onda.
El reloj de mi Peugeot marca las cinco y media de la madrugada.
          El primer día que me puse a trabajar, pensé que seríamos pocos los locos que a esas horas transitábamos por carretera, en lugar de estar todavía durmiendo. Pero al conectar con la carretera que sube a Alcora quedé sor­prendida. Circulábamos centenares de vehículos, con sus conductores somnolientos, aún con el sabor de un café mañanero en la boca.
           Bostezo, pongo un poco más de volumen en la radio. Intento despejarme. He dormido mal. Hace días que sueño con mi abuela y hoy se ha incorporado a nuestro encuentro nocturno mi bisabuela. ¿Algún mensaje des­de el otro mundo?. Sonrio. ¿Qué intentarán decirme ahora?. La última vez que me acompañaron en sueños durante varias noches, fue cuando encontré el trabajo. Quizás me ayudaron a conseguirlo. Lo cierto es que ne­cesitaba toda clase de ayuda, hasta la extraterrenal.
    Yo no sé si existen espíritus, pero sí certifico que si no fueron fuerzas del mas allá, sí al menos las enseñanzas de mi bisabuela y abuela me dieron el valor y tozudez suficiente para seguir adelante en la ardua tarea de encontrar un empleo. Empresa dificil, si se tiene en cuenta que no poseo estudios superiores, rozo los cuarenta años y tengo tres hijos. ¿Quién querría contratarme a mí?. Pero no he de irme por las ramas, para ser más comprensible empezaré desde el principio.
          Hace tres veranos nos trasladamos a vivir a Castellón. El primer día el piso era un amasijo de cajas repletas de enseres y muebles desordenados. Por ello no tuve tiem­po para añoranzas, tal era mi desesperación en poner orden tras la mudanza, ni cuenta me dí de que una importante y nueva etapa comenzaba en mi vida. Ya en Septiembre, cuando mis hijos fueron al colegio e institu­to y el piso estuvo presentable... me puse en marcha.
         Una de las muchas razones por las que convencí a mi marido de que aquel traslado a la capital era necesario, es que yo tenía más posibilidades de encontrar un tra­bajo que me reincorporase al mundo laboral después de varios años de estar en casa, desde que cerré la tienda y me dediqué a la crianza de hijos. Así pues una mañana me fui al INEM. Nunca había entrado a una oficina de empleo y la verdad, no fue una experiencia gratificante. Como tocada por una inhumana varita mágica dejé de ser una mujer cargada de ilusiones y proyectos para convertirme en una tarjeta con datos para la estadística y un nú­mero de serie. Allí, haciendo cola y esperando a que me tocase el turno, me sentí invisible entre el inmenso reba­ño de seres humanos con idéntica meta. Aquella señori­ta de buenos modales, sentada tras la mesa de su des­pacho ofreciéndome una impersonal sonrisa, me bombardeó a preguntas logrando empequeñecerme sobre mi asiento. De qué poco servía actualmente mi modesto título de auxiliar administrativo,  ahora que cualquier trabajo habia de pasarse por ordenador; y qué poco impresionaba mi elemental francés, ahora que el inglés y alemán eran los idiomas dominantes en la comunidad europea. Para nada se me preguntó de mis posibles méritos personales, las preguntas me parecieron cruelmen­te materialistas, capaces de pulverizar la seguridad de cualquier persona medianamente normal.
Salí de la oficina teniendo una visión muy diferente de la que has­ta una hora antes había tenido de mí. ¿Cómo pude ni por un momento pensar que a mis años y con tres hijos lograría hacer lo que cuando tuve dieciocho años no fui capaz de llevar a cabo? ¿Acaso no comprendía que no se puede dar marcha atrás, que la vida es tan egoís­ta que pocas veces te ofrece el regalo de una segunda oportunidad?.
Respiré hondo, me envalentoné, tragué el nudo amar­go que me estrangulaba la garganta y me dije que no pararía hasta encontrar un trabajo que me realizase como curranta y de paso me aportase cierta independencia económica, que nunca viene mal.
Los días siguientes fueron vertiginosos, visité el SEPI, el Instituto de la Mujer, el Ayuntamiento, Diputación, Asuntos sociales... en todos los sitios me atendieron perfectamente, pero claro, en sus manos no tenían la ca­pacidad de obrar milagros. Comencé pues a ojear periódicos, lo que más abundaban eran ofertas de comerciales en venta directa o chicas para clubes de alterne. Descorazonador.
Me enteré de que existían empresas de trabajo tem­poral. A ellas me dirigí. Necesitaban mis datos y una foto reciente. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Veréis... hice la insensatez de entrar en una cabina de esas que pones varias monedas y en un tris-tras te fotografian. El resultado fue catastrófico. ¿Era yo aquella persona que contemplaba en la tira de fotos?. Imposible. Allí se reflejaba una mujer con ligera papada, ojeras, in­cipientes arrugas e insegura sonrisa ¡Si casi parecía una fotografía sacada de un fichero policial!. Me impactó, y de qué manera... Sólo volver a casa me miré en el espejo en el que me contemplaba todos los días sin ningún titubeo, pero esta vez me observé con otros ojos, críticos, desleales, crueles. Pero todavía fui capaz de sobrepo­nerme lo suficiente para presentarme hasta aquellas ETTS y contestar a varias preguntas rutinarias: estudios, edad, estado, experiencia, número de hijos... Tenia la sensación de que mis respuestas me ayudaban a conse­guir un certificado de garantía para una larga, larguííííí­sima permanencia en la lista del paro. ¿Cómo un empresario apostaría por mi cuando abundaban tantas veinteañeras ansiosas de su primer empleo, condecora­das de múltiples y dorados títulos universitarios y sin cargas familiares?.
Qué mal me sentí por unos días. Yo, la optimista de la pandilla era engullida por una galopante y recién estrenada depresión.

Las semanas pasaban y nada extraordinario sucedía. Cuando me enteraba de algún trabajo, con ser regular ya se me habían adelantado y si llegaba a tiempo, era tan pésimo que debía rechazarlo.
Una tarde fui a pasear por el parque Ribalta, muy cer­cano a mi nueva vivienda. Mi hijo pequeño echaba pan a las palomas mientras yo trataba de aclarar mi caos mental.
"... pero luego entendí sus palabras de piedra...."
 Mi mirada resbaló entre la arboleda, hasta que de pronto lo vi allí, quieto, observándome descarada­mente.
De momento no tuve la suficiente sensibilidad para comprender qué me gritaba él desde su silencio de décadas y lustros, pero luego entendí sus palabras de piedra.
 Ante mí se alzaba todavía majestuoso aquel tem­plete que adornaba un rincón del Ribalta. Súbitamente, como si de un turbulento flash se tratase, me vi con once años en la excursión que hice a la capital como repre­sentante de mi pueblo, participando en un concurso de dibujo patrocinado por la Caja de Ahorros, donde se nos pedía que pintásemos un paisaje del parque. Yo elegí el templete rodeado de enormes árboles. Quien me diría entonces, que pasadas casi tres décadas, viviría a esca­sos metros de allí y mis tres hijos pisarían diariamente la tierra del paseo para dirigirse al colegio o instituto.
El templete me habló aconsejándome que para saber quién era en aquel caótico presente y hacia dónde debía diri­gir mi futuro, primero debería de recordar y sobre todo, valorar, de donde provenía.
Me entró tal estado de excitación que regresé al piso inmediatamente, desoyendo las protestas de mi hijo reclamando un alargamiento del paseo.
      Me senté delante de mi escritorio e hice lo que había olvidado por unos meses: escribir enfebrecidamente. Pero ahora no era para inventar heroínas capaces de sobrevivir a todo tipo de desastres, bellas protagonistas que serian recompensadas con un amor tan sublime que sólo podía existir en el mundo imaginario de la literatura, y que a mí me ayudaban a sobrellevar el aburrimiento de la vida rutinaria.
 No, ahora si escribía sería para hacer un balance, para contar mi propia historia por insípida que ésta fuese.
En aquellos momentos me despreciaba tanto que me reí de mi misma, diciéndome que no conseguiría llenar ni dos hojas. Si yo era una mujer insignificante, una hu­milde pueblerina llegada recientemente a la capital.
      Pero asombrosamente los recuerdos, como agazapa­dos duendes al acecho, comenzaron a tirarme de ropa y pelo, ansiosos de ser redescubiertos, llenándome de sen­saciones rescatadas del más imperdonable de los olvi­dos.
Escribí hoja tras hoja, maravillándome de que lo que prometía ser simplemente varias líneas, se convertía espontá­neamente en diez, treinta, cincuenta hojas, llenas de sucesos que en su día carecieron de valor y ahora, el paso de los años los dotaba de hechizo.
...el agua fresca y limpia corriendo por...
Recordé personajes que contribuyeron a mi carácter. Como mis vecinas tía Mercedes y tía Elvira, la primera solía darme friegas con aceite en la barriga, cada vez que ésta me dolía; la segunda me dejaba acompañarla a dar granos, pan duro remojado en agua y hierba a los ani­males, en su enorme patio, donde había en el centro una centenaria higuera y a su alrededor revoloteaban gallos, gallinas, gansos y patos, una vieja mula nos observaba desde el pesebre del rincón y en el otro extremo varias jaulas de conejos se multiplicaban semana a semana, hasta que el tío Sento llegaba con un afilado cuchillo y medio vaciaba las jaulas en una mañana.
También resurgieron mis amigos y amigas, juntos co­rreteábamos por los alrededores del pueblo; en las cuevas jugábamos a hombres prehistóricos, y en el descampado del tío Rufo, cerca de la herrería, imaginábamos ser hombres del espacio subidos en los remolques que estaban a la espera de ser reparados y soldados. Recordé el agua fresca y limpia corriendo por los regueros de las huertas, nuestros pies chapoteaban en ella, y al beber nos lavábamos la cara salpicándonos mutuamente. ¡Cómo volvíamos a casa llenos de rascaduras en la piel, y la ropa sucia, el pelo deshecho y las mejillas sonrosa­das!.
               Rememoré mis años de escuela, aquellos botellines de leche agria en la hora del recreo, los cánticos en el mes de mayo  a la Virgen Maria, los rezos antes de empezar la clase, los castigos por desobediencia y el temor al infierno a la hora de catequesis. Me llegó el olor a flan El Niño y a la malta que mi abuela hervía y colaba todas las mañanas. Añoré las reuniones femeninas en casa de la bisabuela, ya que cuando una celebración familiar se acercaba, las mujeres de la familia nos reuníamos en su cocina para amasar dulces y repostería. Llegó hasta mí el aroma a ralladura de limón y el ruido del batidor su­biendo las claras de huevo hasta punto de nieve. Vislumbré la entrada al forn de cada una de nosotras portando una bandeja con pastizos, rosegones, coca..., allí el calor y olor era tan fuertes que nos envolvían deliciosamente. De aquellas aromáticas nostalgias pasé a escu­char las voces de mis tías recitando recetas y consejos culinarios, de mis abuelas organizando el trabajo, la niña, yo, riendo traviesamente mientras relamiéndome de gusto restregaba con el dedo la masa cruda y deliciosa que quedaba pegada dentro de las tinajas y moldes.
       Viajé luego a la adolescencia, rozando los catorce me puse a trabajar para aportar un duro en casa. El campo durante el día y los estudios por correspondencia por la noche. Evoqué mis visitas rápidas a la pequeña biblioteca municipal, buscando entre los estantes algo para huir de la monotonía rural, transportada por las alas de la imaginación en una buena novela de aventuras. Segui­damente pasé a aquellos primeros ensayos en el grupo de teatro del pueblo. "Dios en el banquillo" fue mi primera representación, apenas si dije dos frases. En "Un cambio de habitación" de Alfonso Pasos fui una de las protagonistas, detrás del telón, espiando entre los plie­gues de la cortina cómo se aposentaba el público, creí haberme quedado sin habla y memoria, pero todo salió bien y el sonido de los aplausos aún me reconfortó en aquellos momentos de remembranzas. Luego vino mi interés por la pintura, la adquisición de lienzos y óleo, el montaje de mi pequeño estudio en el desván de la casa y la creación de mis primeros cuadros, entre viejos muebles arrinconados y goteras en la techumbre.
"...el montaje de mi pequeño estudio en el desván de la casa..."

Evoqué los gritos en casa, los lamentos y resignación de mi madre, los puñetazos sobre la mesa de mi padre, los celos de mis hermanos y una callada soledad por mi parte. Así tomé conciencia de lo que era el mundo adul­to. Desenterré de mi corazón aquel desamor que me hi­zo querer morir por un tiempo, y luego sonreí al recor­dar la llegada del hombre que me mostró qué era la pasión. Con él decidí compartir el resto de mi existencia, eché raíces y de ese árbol de vida nacieron tres hijos.
    También recordé a mi abuela Pepita, con la que dormí varios años tras quedarse ella viuda y trasladarse a mi casa. Vislumbré su mirada dulce posándose sobre mí, sus abrazos durante la noche, sus consejos y preocupación por mi a medida que crecía y me hacía mujer.
Y entonces apareció en mi mente la bisabuela Pepa. La que tanto me quiso. Con escasos yo cinco años solía sentarme sobre sus faldas, anchas y negras, y en el patio, buscando la tibieza del sol del mediodía, o al lado de la chimenea, al calor de las brasas en un día frío, me re­lataba historias pasadas, que me dejaban asombrada. Cuántos infortunios superó la vieja abuela. Sobrevivió a la pena de ver morir jóvenes a sus cuatro hermanos: la cucaracha, y un resfriado mal curado se los llevó de uno a uno sin alcanzar los treinta años. Luego la crianza de sus seis hijos, el pesar por la muerte de Tomasito con po­cos meses de vida: la meningitis fue la culpable. La boca desdentada de la nonagenaria Pepa no paraba de su­surrar a mi oído. También entre sus relatos hubo risas y aventuras un tanto cómicas. Como la de aquel tío abue­lo que volviendo de las Filipinas se trajo un pequeño mono tití que tras un enfado del capitán, fue arrojado por la borda en pleno océano.
Pero la vieja abuela Pepa me enseñó la lección más importante que me enseñaron jamás: no debía sentirme inferior a nadie, ni rendirme fácilmente. Tenía que en­frentarme a todo, hasta a la muerte.
"... con un tañido lento y triste..."
Veréis, cuando las campanas repicaban con un tañido lento y triste que envolvía todo el pueblo... ella salía a la calle, hablaba con el que pasase en aquel instante y en­trando en casa, cogía mi mano pidiéndome con una cómplice mirada que la acompañase. Mi escasa edad aportaba pasos cortos que se acompasaban bien a los su­yos, cansados por sus muchos años. Juntas recorríamos las calles hasta encontrar el destino de aquella ocasión.
Entrábamos en una casa y Pepa, sin soltarme, hablaba con gente llorosa, vestida de negro de pies a cabeza. Entonces venía la segunda parte. Llegábamos a un dor­mitorio, siempre eran dormitorios, y sobre la cama esta­ba tendido un cuerpo inerte vestido de negro, descalzo. Si eran hombres llevaban calcetines gruesos; si eran mu­jeres, medias. Lo recuerdo muy bien porque mi bisabuela me había adiestrado a que yo, en un descuido y con disimulo, le tocase el pie al difunto en cuestión. Terminada  la ceremonia del pésame y ya en la calle, a cierta distancia de la casa venida en desgracia, la vieja abuela Pepa se detenía y me miraba, me preguntaba: ¿Has te­nido miedo?.
Y yo, sin fuerzas para hablar le negaba con la cabeza es­perando que ella rematase la lección con aquellas pala­bras que siempre me inculcó:  
- A los muertos no hay que tenerles miedo, ni a los vivos tampoco. Has de ser va­liente: Obra como te dicte el corazón, sin hacer mal a nadie claro, pero, bonita, jamás te acobardes. Los pro­blemas no se resuelven mirando hacia otra parte. En­fréntate a ellos. Respeta a los demás, ayuda al que lo necesite, pero en ninguna ocasión te dejes pisar. Tú tienes tu amor propio, que no es lo mismo que orgullo. De­fiéndelo. Si eres capaz de tocarle un pie a un muerto... serás capaz de cualquier cosa que te propongas.
Terminaba asintiendo con la cabeza, mientras me ob­servaba intentando percibir alguna duda en mis ojos, luego, satisfecha, echabamos a andar, apretándome la mano fuertemente.
Mi bisabuela Pepa murió una tarde de agosto, yo tenia escasos dieciséis años, a ella le faltaban tres meses para los cien. 
Dos días después de muerta la vi en el pa­sillo. Me eché a llorar,  tuve miedo y al mísmo tiempo ra­bia por desobedecer lo que ella me enseñó: no temer a los muertos. Salí corriendo. Al día siguiente la volví a ver, esta vez en mi dormitorio. Pero en esta ocasión ce­rré los ojos y le rogué que hiciese su camino. Que yo ha­ría el mismo. Recé con todas mis fuerzas en silencio. Al abrir los ojos ya no estaba allí. Aquella extraña y trans­parente imagen quedó grabada nítidamente en mi cora­zón. Porque la figura que yo reconocí como mi bisa­buela Pepa, no era la figura que había conocido desde que nací: una viejecita encordaba de los ochenta y cinco a los cien años, vestida de negro de pies a cabeza. La  inquietante figura que yo vi era la de mi bisabuela con treinta, cuarenta años, y que por intuición dí por cierto que era ella. Años más tarde la vida me reafirmó en aquella conjetura, rebuscando entre fo­tos viejas, encontré una suya junto a su marido e hijos en edad temprana (mi bisabuelo y tíos abuelos); al contem­plarla reconocí a la mujer que vino a despedirse de mí después de muerta.

También reviví mi paso de mujer a madre, los partos y el pánico que sentí preguntándome qué hacer con aquel pequeño trozo de carne que lloriqueaba entre mis brazos. Yo era la responsable de su supervivencia, de guiarlo y convertirlo en un adulto seguro y equilibrado. Recordando a mis hijos pude sobreponerme y decir­me que por ellos, y por mí... yo debía echar adelante. No iba a tener miedo. Ni dudas. Porque yo bien carecia de estudios superiores, bien podía proceder de una familia humilde y mi marido ser un modesto mecánico, pero yo en cambio poseía un gran  tesoro: sabía quién era, y qué fuertes mujeres me habían mostrado qué es la honradez y el valor, dedicándome amor y compañía mientras yo cre­cia y ellas se despedían de la vida.

"... dentro de esa burbuja de cristal llamada hogar..."
 Terminada aquella sangrante aunque fructífera confe­sión, me deshice  del disfraz de enojada madrastra de Blancanieves a la que tanto desagradaba mirarse en el espejo, para convertirme nuevamente en una mujer car­gada de planes e ilusiones.
Si el traslado a Castellón despertó mi conciencia de su letargo, ahora no era el momento de continuar auto­-compadeciéndome. Si durante unos años estuve aislada de la actualidad dentro de esa burbuja de cristal llama­da hogar y ahora pretendía buscar mi lugar dentro de la sociedad, no existía otra solución que dar la cara y po­nerme al día, por duro que fuese. O, como romántica­mente diria alguna de mis heroínas nacidas sobre el pa­pel: Debía de renacer de mis propias cenizas, tal y como si fuese la mítica Ave Fénix.
Siguieron semanas de búsqueda, ésta vez de cursi­llos de formación. Asociaciones, Escuelas para adultos, INEM, todo era válido. Continuaron meses de informá­tica, inglés, técnicas de búsqueda de empleo, mecano­ grafía, contabilidad elemental,... alguno de esos mini cursillos me servirían para encontrar un trabajo, aun­que fuese de media jornada.
Durante varios días apenas dormi, me despertaba con una inquietante sensación recorriendo mi cuerpo. Un extraño sueño durante una noche de domingo me hizo presentir que algo trascendental iba a sucederme.
        Amanecido el lunes, al volver de acompañar a Lluis al colegio, pasé por el kiosco y compré el  periodico De tot. Estaba impaciente por abrirlo y al mismo tiempo aterrada. Te­mía otra decepción más, no obstante, aquella intuición que pocas veces me falla me aportaba ciertas esperan­zas. Alargué la agonia preparándome un café y sentán­dome con parsimonia en el sofá. Sujeto al lóbulo de mi oreja derecha, un bolígrafo esperaba rodear con un cír­culo azul varios anuncios con ofertas de empleo.
Lo leí sólo abrir la primer hoja. Pero no quise creerme que aquello fuese para mí. No podía tener tanta suerte. Entonces, de improviso, recordé por qué apenas concilié el sueño la noche pasada. Estuve en conversación con mi bisabuela y abuela, sentadas las tres delante de la chi­menea. Ignoraba qué me decían, pero seguro que se relacionaba con lo que encontraría en aquellas hojas amarillas llenas de letras de imprenta. ¿Mí destino?. ¿Y po­día ser ese? Imposible. Así que deslicé mi mirada por el resto de los anuncios. Ignorante del primero. No podía ser el primero.
     No sé por qué sudaba, ni por qué mis ojos volvían al primer anuncio. Una y otra vez. Hasta que me dije: Está bien, me rindo. Lo intentaré. No ten­dré miedo.
Y leí, esta vez con voz alta, el primer anun­cio: 
- "Empresa sólida en el sector cerámico busca mujeres con experiencia que sepan pintar azulejos a mano. Dirigirse a...".
     Yo, pintora de azulejos a mano. En mi vida había he­cho tal cosa. No conocía para nada la industria azulejera, ni tenia por supuesto experiencia en el trabajo. Sólo había pintado insignificantes cuadros al óleo, alguno en acuarela. Me había preparado para buscar trabajo como recepcionista, como contable, no para aquel trabajo al que mis ojos y corazón me atraían. 
¡No tengas miedo!...  - de­cía la vieja abuela Pepa - ...  ¡ Adelante! - la apoyaba mi abuela Pepita.
- ¡Está bien, está bien! -  me dije haciendo círculos y círculos alrededor del anuncio con mi bic  azul...
Fui al la­vabo, me lavé la cara y me contemplé. ¿Quien era aque­lla mujer que me devolvía la mirada un tanto asustada?. Eres tú Isabel. Eres tú con cuarenta años y una vida por delante. Hasta ahora has sido la hija de, la esposa de, la madre de. Sé a partir de hoy, de ahora, esa mujer a la que tanto le gusta pintar, y gánate de paso la vida con ello. Demuéstrales que puedes. ¡Tú puedes!. Tienes dos ojos, manos y cerebro. ¡Y no tienes miedo!. ¿Qué puedes per­der por intentarlo? . Puedo hacer el ridículo. Es cierto... ¡ puedo hacer el ridículo!. Pero qué importa. Nadie te conoce. ¡Ríete de tí misma!. Antes de que lo hagan los de­más.
Así pues tomé el cepillo, me hice el pelo rápidamente, luego busqué el rimel y el pintalabios,  intentando camuflar la angustia de mi rostro. En el comedor des­plegué sobre la mesa el callejero, miré dónde quedaba la dirección. Si queria ir hasta alli tendría que coger el coche. ¿Y si esperaba la llegada de mi marido?. Podría acompañarme él. Pero no tenía por qué ser tan cobarde, ni depender de nadie.

... vamos, adelante, el camino se hace
andando..... echar adelante, siempre....

¡Vamos, adelante, el camino se hace andando, y aunque te caigas y te des de morros, debes volver a levantarte, y echar adelante, siempre adelante!.
Con reservas llamé por teléfono. Inesperadamente la telefonista de la empresa me dijo que podía subir en aquellos momentos para la entrevista. Contesté con un débil "sí" pidiéndole que me explicase por dónde quedaba. Anoté rápidamente conceptos básicos como "segunda rotonda pasada la cárcel a la derecha". Desco­nocía el lugar pero igualmente dije que llegaría en me­dia hora.
Mecánicamente busqué el carnet, las llaves del coche y me subí a él. Tenia una hora y media antes de que saliesen los niños de la escuela y llegase mi marido a casa para comer. Se preguntarían dónde estaba la ma­dre, la esposa que les tenia habitualmente preparado el plato de caliente sobre la mesa, la ensalada aliñada y los postres recien hechos. Por mucho que se preguntasen no acertarían a intuir que su madre, su esposa, estaba a punto de hacer una locura y el mayor ridículo de su vi­da. Por el camino me daba ánimos. Desorientada paré varias veces en el arcén, advirtiendo por primera vez el gran número de camiones cuba, furgonetas y coches que transitaban por aquella carretera de segunda. Al fin vislumbré el rótulo de la empresa. Era una nave enorme y un parking con cerca de cien coches en él. Dios mío. Qué he hecho. Las piernas me temblaban. Debía de aparen­tar seguridad. Muchas veces había ido a una entrevista con la sinceridad como bandera y la creencia de que no estaba a la altura de las circunstancias, por lo que los re­sultados habían sido negativos. Esta vez no seria así, iba a mentir, iba a arañar, iba a atacar de frente. Quería un trabajo. Quería ese trabajo. 
Aparqué y me dirigí a las oficinas. La telefonista-re­cepcionista me indicó que aguardase unos momentos. Sentados en un sofá varios hombres de edad madura rellenando formularios, intuí que también buscaban traba­jo. Nos observamos mutuamente, con reparo. Entonces llegó una mujer, contaba con algunos años más que yo. Me miró y me tendió la mano. Pasadas las mutuas pre­sentaciones, ella era Helena, la encargada de la sección  del Pintador, me preguntó por mi experiencia. No mentí del todo. Acepté mi nulo conocimiento en una industria azule­jera, pero exageré con mis técnicas pictóricas, dije que había hecho cursillos de dibujo y pintura en asociacio­nes vecinales, que sabía pintar en óleo, sobre cristal, te­las, figuras de yeso y platos de cerámica. Ella me pro­puso hacer una prueba y yo acepté. La seguí por una se­rie de corredores hasta llegar a la gran nave. Nunca ha­bía visto una fábrica, y mucho menos de Tercer Fuego.
Estaba aturdida, pensando en la prueba, ¡tierra trágame! Y mirando, sin ver, aquel amasijo de gente trabajando, la mayoría mujeres,  de máquinas, tuberías y sonidos ex­traños hasta entonces... con el transcurrir del tiempo aprendí a distinguirlos y reconocer qué eran las Líneas de Serigrafía, de Volumen, los Hornos que alcanzan has­ta algo más de mil grados, el Laboratorio, la Cortadora... por todo ello pasé yo aquella mañana, como envuelta en una nube. De pronto Helena se detuvo delante de unas anchas puertas corredizas, las abrió y una sala de cerca de ochenta metros cuadrados, rellena de mesas largas, quedó a mi vista. Doce rostros femeninos se levantaron del azulejo que en aquellos momentos pintaban para posar sus ojos sobre mí. Las bocas más cercanas saludaron con un escueto "hola". Helena pidió pintura, pincel y varios azulejos. Alguien se los acercó y habló con ella unos instantes. Yo no era yo. Ni recuerdo con nitidez qué me dijeron ni qué hice. Sólo atino a recordarme pincelando unas flores sobre la base blanca con relieve de un azulejo. A continuación Helena me pidió que la si­guiera. Yo me encontraba cada vez más aturdida... todo era tan rápido y transcendente.
"... volvimos a cruzar entre lineas de serigrafia..."
Salimos del Pintador. Volvimos a cruzar entre las  lí­neas de serigrafía y hornos. El ruido interrumpía la conversacion, así que Helena optó por esperar a alcanzar el exterior. Acompañándome hasta el parking me pregun­tó si estaba casada, le dije que sí temiendo que me pre­guntase a continuación el número y edad de mis hijos. Ya me  veía en la lista negra en cuanto dijese que tres y que el pequeño apenas contaba los cuatro años. Pero no lo hizo. Sólo me miró y me preguntó si podría subir por la tarde con mi cartilla de la seguridad social, el núme­ro de una cuenta corriente donde ingresarme la nómina, el NIF y el DNI. Me explicó las condiciones del trabajo y el contrato, el sueldo, el horario y que si estaba dispues­ta a madrugar al día siguiente. Entraría a trabajar en el turno de la mañana, de seis a dos. A todo dije que si. Incrédula y turbada.  Helena sonrió, dió por zanjado el asunto, me tendió la mano, se la apreté y se despidió alegando mucho trabajo, los preparativos para la feria de Cevisama no la dejaban tranquila ni un momento.
Entré en el coche, arranqué y salí de allí. A un kilo­metro tuve que aparcar en la cuneta y limpiarme los ojos. Estaba llorando. ¡Todo había sido tan fácil!. Asi, sin más, después de tantos meses de búsqueda, una mañana a lo tonto me encuentro con trabajo. ¡Y con un tra­bajo que amaba!
Así te cambia la existencia, así suceden las cosas. Rá­pidamente la vida te da un vuelco, unos tienen un accidente y mueren o quedan inválidos, a otros les toca la lotería, otros descubren que su cónyuge tiene un aman­e y otros... dejan de engrosar la lista del paro.
"... utilizando pinceles, peras, calcas o simples esponjas"
  
Con el tiempo aprendí los diversos departamentos de una azulejera, y las distintas y desconocidas para el pú­blico "técnicas de pintado a mano, utilizando pinceles, peras, calcas, o simples esponjas.
También descubrí la razón por la que Helena me dio trabajo. En el fondo de mis ojos vio la desesperación, que le recordó su propio desánimo cuando años antes estuvo en una situación parecida a la mía, pero ella se encontraba recién separada y con dos hijas a su cargo. Entonces alguien le tendió una mano, le ofreció una oportunidad, y ella, ahora, tendía manos y daba oportunidades a las mujeres, que como yo, habíamos dejado de ser jovencitas y la sociedad nos aparcaba sin compasión.
Aparco en el parking, cerrando el coche saludo a mis compañeras. Estacionan a mi lado Lourdes y Asun, ro­zan las dos los cincuenta, pero también está Angeles, Beatriz, Noemí... ninguna alcanza los treinta. La empresa se encuentra cerca del pantano de Maria Cristina. Es una noche de verano. Miro el reloj de pulsera. Las seis menos diez. Tiempo suficiente para fichar y sacar un cafe de la máquina antes de ponernos a pintar. Las estrellas todavía destellan en el cielo aunque se percibe un tenue clarear de día, las montañas y el pico del Penya­golosa nos espían entre las tinieblas, desde su majestuo­sidad milenaria. Respiro hondamente. A pesar del aire contaminado percibo el olor de pinos húmedos de rocío. El rumor del ramaje mecíéndose por la brisa nocturna. No puedo evitar sonreír al pensar que sigo siendo de pueblo. 
Un escalofrío me invade el cuerpo. El recuerdo de mis abuelas me humedece de pronto la vista. Les pido que me  dejen tranquila. Si quieren hacer compañía a alguien que la hagan a sus bisnietos, mis hijos, que nun­ca las conocieron pero pueden hacerlo a través del mun­do de los sueños. Yo he de serenarme, nadie debe de no­tar estos sentimientos mios, tan extraños. De saberlo mis compañeras creerían que estoy chiflada, y puede que acertaran. Quién habla con muertos. Sólo los locos.
Pero tal vez no sean espíritus de otros mundos los que me acompañan esta mañana, y en otras ocasiones.
" Como el arbol que tiene profundas raices...."
Quizás son vivencias pasadas, que me dan calor y apo­yo en momentos de flaqueza.
Como el árbol que tiene profundas raíces y sobrevive al azote de vientos y tem­pestades.

Cruzo el parking rápidamente, entro en la nave de Tercer Fuego y ficho.     El reloj de la empresa me marca las cinco y cincuenta y cuatro minutos. Voy a por mi segundo café del día. Y luego... a trabajar.