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Mis creaciones de cerámica en...

miércoles, 23 de mayo de 2012

RELATO Nº 5 . "Juanjo Ballesta no lo sabe" - ( entre conectores y osteocondromas )


... una mezcla de tunante,
buena gente, ingenuo,
picaron, y… desgraciado.

Juanjo Ballesta no lo sabe.- 


 Juanjo Ballesta no sabe lo que en cierto momento significó en mi vida. No mal penséis. Paso a explicarme.
   
Lo conocí interpretando su papel de “El Bola”. Él apenas tenía 11 años, yo 35. 
Sus ojos rasgados, tan rebeldes a veces, tan indefensos otras, me cautivaron.
Lo volví a encontrar pocos años después en en “Cuarta Planta”. De nuevo bordó a la perfección uno de esos personajes que pocos como él saben interpretar de manera tan natural: mezcla de tunante, buena gente, y… desgraciado. 
   
Los azares de la vida hicieron que cayera en mis manos una revista donde salía su fotografía vistiendo el pijama a rayas azules que llevaba en la película. Todo peladito él... con esa mirada suya, que te lo dice todo sin necesidad de usar  palabras.
  
Todavía hoy me pregunto qué me impulsó a coger las tijeras, recortar su silueta y pegarla con un imán en la puerta del frigorífico, junto a la fotografía de uno de mis hijos que ya llevaba alli colgada desde hacia meses. Al hacerlo observé el parecido físico de Juanjo con mi hijo menor, Lluis. 

Pasaron algunos años,  y esa fotografía y ese recorte de revista permanecían allí, en la puerta de la nevera, amarilleándose por los humos del cocido, el pollo asado…y haciendo compañía.

El conector entre mi hijo, yo y Juanjo Ballesta, empiezó en la primavera del 2007. 
El buen tiempo hizo que mi LLuis me reclamase pantalones cortos. Recuerdo ese dia. Porque son momentos que se quedan grabados en tu memoria, por arañarte el alma y dejar su cicatriz.  
Lluis se echó en el sofá a mirar la tele, yo estaba enfrente y mis ojos se posaron casualmente en sus largas piernas. Cuánto había crecido mi niño  aquel último año.
En ese momento algo me llamó la atención.  Lluis, aburrido, estiraba las piernas, las encogía, las doblaba, las abría… y yo le miraba. Un muslo se veía diferente al otro, más abultado justo antes de llegar a la rodilla. Recordé  una caída en la playa el año anterior,  se  lastimó en aquella zona, aunque no podía jurar que fuese en la misma pierna. Terminamos en urgencias y tras una revisión táctil le recetaron una bolsa de guisantes congelados para rebajar el hinchazón, y algo de descanso.
Le recetaron una bolsa de

¿Seria eso la causa de aquella forma un tanto anormal? Me acerqué y empecé a palparle la pierna. 
Por supuesto Lluis refunfuñó, típico en plena
edad del pavo... Me maldije en silencio por haber permitido cierto secretismo entre madre e hijo. Había consentido aquel distanciamiento porque él tenía 13 años y  el vello le había empezado a crecer, al mismo tiempo que aparecía su timidez, su reserva, el encierro en el baño, el cubrirse enseguida el cuerpo, el  “no entres que me estoy cambiando…” 

Las quejas de LLuis ante mi palpación en su pierna, alegando que eran tonterías mías,  sirvieron para dejar por unos días el tema. Si aquella pequeña malformación era producto de una mala curación de la caída, ya poco se podia hacer... ¿ mejor olvidarlo ?... el niño hacia vida normal, no le dolía, visualmente  apenas era perceptible sino a través de los ojos una madre observadora y ahora, con sentimiento de culpa. 

Este sentimiento me hizo asaltar de nuevo su pierna unos dias después, a pesar de sus protestas. Se le palpaba algo duro... era... ¿cómo explicarlo? era como si todo aquel trozo de hueso hubiese crecido uniformemente hacia afuera. No daba crédito. ¿Acaso cuando se cayó en la playa se rompió el hueso y se le selló mal? Imposible, una rotura de hueso da dolor, cojera. No mujer, no, que no. Imposible, entonces... ¡¡¡¡ ¿Qué era aquello? !!!!

... para plantarme delante de la nevera y mirar a Juanjo Ballesta  directamente
 a los ojos....
Fue en ese momento cuando tuve la visión: La mirada al infinito de Juanjo vistiendo un pijama a rayas. Impulsivamente eche a correr, llegué a la cocina y me planté delante de la nevera. Miré a Juanjo Ballesta, directamente a los ojos. Nos hablamos en silencio, él diciéndomelo todo, yo preguntándole, entre asustada e indignada:
¿Es eso lo que me has estado diciendo todo este tiempo y
yo sin enterarme?
¿Mi hijo tiene un tumor como el que tu y todos los niños de  "Cuarta planta" tenian?

Retazos del film llegaron a mí, a pesar de haber pasado varios años:
" ....aparece en los primeros años de la adolescencia, cuando dan el tirón,... se descubre por casualidad, casi siempre porque te caes y te hacen una radiografía… algunos son benignos, otros son mortales… ".

Y también de golpe recordé a mi amiga Manoli. No hacía ni una semana - si, ni una semana - que la habían enterrado. Cáncer en el estomago y tumor en la tibia. En casa habíamos  vivido su diagnostico, su enfermedad, su lucha y su derrota.

¡¡¡¡ No, a mi hijo no !!!!!

No dije nada, todavía no había que decir nada. Ni alarmar al personal por aquella conversación entre el niño pelón de la foto de la nevera y yo. Simplemente comenté, como quien no quiere la cosa: “cogeré hora para el medico de cabecera...”.
   
Un día después la pediatra le palpó la zona, me miro  y disimulando frente a Lluis, comentó que no era urgente, pero me mandaba unas radiografías para hoy. A la media hora ya estábamos en el departamento de radiología. El tiempo de espera para los resultados se me hizo eterno. La enfermera salió con el sobre para entregar al traumatologo. Me miró de una manera extraña, como quien te da el pésame. O eso me pareció a mí, porque de pronto tenía la extraña sensación de que aquello era un secreto a voces…¡ y yo sin enterarme!

El sobre no llegó cerrado al medico. Lo abrimos y miramos su contenido en la calle, juntos, mi hijo LLuis y yo. Núnca han habido secretos entre mis hijos y su madre. 

¿Qué por qué hice aquello? Porque la información da tranquilidad, sea la que sea. Conoces qué enemigo tienes enfrente. Y cómo hacerle frente. 

Eso si, fuese cual fuese el resultado no iba a mostrar ningún  signo de histerismo, sino todo lo contrario, tenia que mostrar una extrema normalidad porque mi hijo identificaría mi reacción con el grado de posible peligro que corría su vida y eso... no podía permitírmelo, ni permitírselo. 
Solo comenté alzando la radiografía un poco a contraluz: 
- Mira,  el hueso en esta zona se te ha ensanchado, te ha crecido más de la cuenta… ya veras, no tendrá mucha importancia...
Y el asintió, porque debía, debíamos creer aquello. 

A esas alturas yo ya había navegado por Internet y sabia qué significados tenían un amplio abanico de palabras terminadas en …condroma.

Mucha templanza nos hará falta para salir del apuro - me dije tragando el nudo amargo que me oprimía la garganta y el corazón.
¿Cómo no me he dado cuenta antes? -  golpeaba esa pregunta en mi cabeza  como una cinta sin fin… luego venían las recriminaciones: .... el trabajo, las obligaciones... sin tiempo parar mirar como toca a tus propios hijos ... -  

El especialista resultó ser un chico joven. Enseguida se interesó por el tema y llamó a un colega que le doblaba la edad y seguramente  la experiencia. Hicieron de nuevo hincapié en no darle mayor importancia al tema, pero nos mandaron radiografías de todo el cuerpo y un tac… Lluis y yo aparentamos acatar las ordenes con mucha naturalidad, pero cruzamos las miradas pensando :
- Es lo mismo que le mandaron a Manoli en los primeros días de su enfermedad....

Lluis apenas despegó los labios en la consulta, pero me observaba, a mi, y no al medico, como a la espera de reaccionar de la misma manera que lo hiciese yo.
Y yo lo hice como me había propuesto: con estoicismo. 

Recuerdo que durante aquellos días mi hijo se comportó con una serenidad impresionante. Aquello me produjo alivio, pero también temor,  por si era incapaz de exteriorizar sus verdaderos sentimientos. Y así debió de ser porque en un momento de debilidad, comentó, como quien no quiere la cosa: 
- “He debido de comer algo que me ha sentado mal, por que solo hago que ir  al bater…”. 
Yo le contesté que efectivamente sería así, que a mi tambien me pasaba, seguramente a causa de algún virus intestinal, de esos que van por ahí a temporadas...  prepararía por unos días, dieta blanda.

Otro día me comentó: 
Le tenía que tocar a alguien y mira, me ha tocado a mí, como le hubiese podido tocar a otro. Ya ves, son las cosas de la vida. Y la estadística.... yo formo parte de ese 1 por cien....
Para rematar, añadió: 
- Madre… ¿tú piensas que hay vida después de la muerte?
Me costó unos segundos asimilar la pregunta y poder contestar sin un temblor de voz: 
- Sabes qué opino sobre la iglesia... pero una cosa es la religión y otra muy distinta  lo que te dice el corazón sobre ciertas cosas... si... yo creo en la vida después de la muerte, pero ya ves, quizás esté equivocada, quizás no exista nada, nada de nada…
- Bueno… si es así… que no existe nada, pues te duermes y ya no te enteras... no vives, pero tampoco sufres. Y si existe algo, pues vives otra vida... pero también es una putada, porque dejas de estar con la gente que quieres...
- Lluis, no te preocupes por ello, por que no te vas a morir, del tumor por lo menos. Un dia sí moriras, pero será por otra causa y de viejo seguramente. Eso sí, igual que te aseguro que no te vas a morir también te aseguro que tienes una temporada de radiografías, tacs, seguimiento, y lo que venga... si, eso no te lo quita ni dios, pero morirte, no te vas a morir… me entiendes… ¿verdad?... es muy importante que me entiendas...
Él asintió con la cabeza y dimos por terminada la conversación.  Creo que eso le tranquilizo. Ver mi sinceridad, mi aparente seguridad. Él ignoraba que cuando a mi me entraba el ataque de ansiedad cogía el perro,  las gafas de sol mas grandes que tenía en casa, y un paquete de pañuelos. 
Por aquellos días mi perro paseó más de lo habitual.  Cuando volvíamos, él estaba rendido y yo había machacado a la impotencia y la ansiedad.

Por varias semanas no pude explicar a nadie lo que nos sucedía. Solo a mi marido  y a mis otros dos hijos. Porque me era imposible expresar en voz alta:
- “Mi hijo tiene un tumor en el fémur”.

Conseguir decir esa frase entera en voz alta me costo cerca de dos meses. Ni es broma ni estoy exagerando. A dia de hoy pocos conocidos lo saben. Para que me entendiese mi amiga Asun (fue la primera por la que me decidí a exteriorizar aquella angustia interior) tuve que repetírselo varias veces, por que el nudo que se me hacía en la garganta era tan espeso que me cortaba la respiración y dejaba la frase  a medias. La pobre, a la espera de una mejor explicación por mi parte, intentaba terminar mi frase preguntándome: ¿ es que te separas de tu marido, te has peleado con tus hermanos, tienes algún problema en el trabajo?... ella conjeturaba con todas las posibilidades, menos con la verdadera.  
“Mi hijo tiene un osteocondroma en el fémur”

Durante estos años el tumor oseo benigno conocido como osteocondroma, le ha deformado un poco esa zona de la pierna.
Nos dicen los médicos que  no es recomendable operar, porque es de base amplia y quitárselo supondría debilitar esta parte del hueso.  Además  no le produce ningún daño ni es maligno.  Solo es necesaria una revisión anual y control  permanente por nuestra parte.
De momento nosotros nos quedamos con esa respuesta, aunque tenemos claro que si  ahora es un tumor benigno, hay un 1% de posibilidades de que cuando sea mayor se le haga canceroso o problemático, así que porqué correr el riesgo... con el tiempo es bastante probable que pase por quirofano. Por lo tanto,  es una historia inacabada.

El verano siguiente, aprovechando mis vacaciones, Lluis y yo nos cogimos las mochilas y nos lanzamos al Camino.  Desde Roncesvalles a Santiago de Compostela. Los dos solos, mano a mano. 
   ....nos lanzamos al Camino.         
No buscamos con aquello ofrendas milagrosas ni nada por el estilo. Sino solo proclamar muy alto nuestro inmenso amor a la vida... 
Por cierto, en el momento es que pasó aquello, quité de la puerta de la nevera la foto de Juanjo con su pijama a rayas. 
Fui incapaz de mirarle de nuevo los ojos. 
Fuí incapaz de tirar el recorte a la basura.
Lo guardé dentro de un bote que tengo en la cocina, lleno de recibos. Todavía sigue alli.   

Lluis y Juanjo han seguido creciendo... compartiendo algún que otro parecido rasgo físico. Pero sin más conectores. 
Lluis ya va a la Universidad. 
Juanjo es un talento aun por descubrir y valorar como se merece. Yo le voy siguiendo, de alguna manera, siento que forma parte de mi familia.

...  " 7 Vírgenes, Ladrones, Cabeza de perro, Bruc, Entre lobos... "
... tan al borde... del mismo abismo. 

Como siempre, ha bordado a la perfección esos extraños  personajes...  tan al borde... del mismo abismo. 

viernes, 11 de mayo de 2012

RELATO Nº 4: " El Hort dels Corders" (col.laboració al llibret de la gallata Hort dels Corders de castelló)

.... ni la font moderna del Ripo, ni els gronxadors....
" El Hort dels Corders" (col.laboració al llibret de la gallata Hort dels Corders, en el 2010)


Alce la vista cap al nostre cel, lluminós i blau.
Uns coloms descenen d’ell, llépols per picotejar les molletes de pa que uns xiquets els tiren. De sobte, i de manera fortuïta, creua veloç un lloro de pelatge verd i exòtic, deixant escapar el seu peculiar crit mentres va a la cerca del Parc Ribalta. Els menuts ocells mediterranis també s’atreveixen a ocupar part del cel, saltant distraigudament per les teulades, arbres i plaça, roban les poquetes molletes que els coloms deixen escapar. Somric observant les seues atrevides maniobres, mentre en pregunte si ells, els ocells castelloneros, són l’únic que ens queda. Els ocells alcen el vol i jo els segueix amb la mirada. Açí està. El cel de Castelló. Observant-me, observant-mos des de l’altura. El mire amb delectació. Preguntant-me si a més dels ocells, este cel blau és tot el que ens queda… El que ens queda d’aquell passat tan llunyà, tan proper i tant de nosaltres. Algú em va dir que sols un arbre de fortes arrels és capaç de soportar fins la pitjor tempesta. Em pregunte si el nostre arbre té eixes arrels, fortes i fondes, capaces de foradar i arrelar-se en la terra roja i fecunda de Castelló. O serà en canvi un arbre dèbil i descuidat que al menor embat morirà davant la indiferència del seu propi poble. Alce la vista cap el nostre cel, lluminos i blau. Qüestionan-me esta volta si ells també l’observaren des del mateix punt on estic ara, sentada en un banc… però em recorde que aleshores no hi havien bancs i la terra era tot el que tenien per sentar-se a descansar. Amagada darrere les ulleres de sol tanque els ulls i fantasetge una estoneta. Imatgine que un altre món, dins del d’ara, està ací, davant de nosaltres i sols cal esforzar-se un poc i cridar-lo amb paraules d’amor, per a que isca al nostre encontre. I jo ho faig, ara i sempre que puc: tanque els ulls, formule la frase màgica i l’enxisament funciona!. Al voltant de mi ja no hi han cases, ni l’antic edifici d’Hisenda, ni la Casa Gran, ni l’estatua del Rei En Jaume, ni el parking, ni la font moderna del Ripo, ni els gronxadors, ni el quiosc amb les seues begudes, taules i cadires, ni els xiquets de diferentes races jugant per la plaça, ni els peatons creuant-la afaenats en les seues tasques diàries… inclòs alguns parlant llengües que jo desconec però que des de fa pocs anys s’escolten per la nostra terreta. Sí… tota eixa realitat d’ara, diversa i cosmopolita, s’ha desdibuixat i diferents imatges m’ envolten:

"El mateix cel blau d'aleshores, d'ara, i de sempre..."
Corren altres temps, altres costums, altres personatges, altres escenaris… encara que de fons esta el mateix cel blau d’aleshores, d’ara, i de sempre. És el nostre cel mediterrani, el cel que observe jo ara i que ulletjava el Vicent… per aquells temps… . Vicent es neteja la suor amb la manega de la camisa, perque hui el sol cau a plom i ell ha fet ja dos viatges de cànem fins l’Hort. Estem a finals del segle XVIII i des de fa décades la Plana de Castelló està invadida de finques cultivades de cànem, convertin-mos així en els principals abastidors de la Peninsula. Tan de cànem ha fet que proliferen els oficis de filaters, teixidors, soguers i aspardenyers, repartits entre unes 200 families i 300 telars. Vicent esta cansat i mire el canem pensant en lo que costa fer un metro de cordell. El canem l’ha tingut que sembrar entre febrer i maig, i segar-lo pels voltants de la Mare de Deu d’agost, desprès de deixar-lo secar 3 ó 4 dies l’ha colpejat fins separar les fulles de la titja, posteriorment l’ha submerjit amb aigua per a que fermentara i es desferen les fibres de les parts llenyoses, novament ha calgut tornar a secar les plantes per extraure la cànula que cobréis la fibra i procedir al pentinat. Tasca que finalment va a fer en aquell Hort. Vicent esbufega i busque en aquell caluros dia de final d’agost un poquet d’alivi amb un parell de traguets d’aigua fresqueta del cantrelló. Pèro aixó no li dona massa consol: a voltes els ulls se li torven, els pulmons se li ofeguen i l’estomac també se li rebolique. Ja li ho va advertir el metge: treballar amb el cànem és un ofici insalubre. Tant ho es que fins les autoritats han restringit les zones on es poden fer estes llavors. Ja fa temps d’aixó, corría l’hivern del 1780, quan l’Ajuntament va prohibir als soguers filar i tindre les seues rodes al voltant de la Muralla, dels carrers de la vil.la i els arrabals, baix multa de cinc lliures cada ú, autoritzant-se únicament aquell solar dispost a l’efecte…. (Encara és massa prompte però amb els anys aquell hort sería conegut per tot el món com l’Hort del Corders, sent adquirit en 1872, en pública subasta, pel Gremi de l’ofici) Vicent bufa i rebufa, esgotat de tant de treball i misèria, però com sol passar amb els pobres de bon cor, encara té ànims per conformar-se i dir-se que ell és algú realment afortunat, perquè el Vicent és descendent de gent de l’ofici i compte amb un taller artesà, que com tots els de Castelló, també li serveix com a vivenda pròpia. El cànem el treballen en el denominat « Obrador » situat en l’últim pis, per a que circule l’aire pels amples ventanals i així s’evite com es Puga la ingesta de la pols en suspensió que genera la seua manipulació. La costum de que el taller també siga vivenda, ha fet que la mà d’obra d’este ofici siga familiar i que el torn, la carda, el teler, el banc solero, el xamarit, els aprimadors, les agulles, els formers i altres eines, a mès dels secrets i el bon fer del mestre artesà passen de pare a fill, sent el sosté i sobre tot, el monopoli d’estes families. El Vicent veu vindre a la seua dona, esgotada com ell per l’intens treball. I no hi ha per a menys perquè la madeixa de huit onces li coste de filar a una dona tot un dia i fins ben tard per la nit, tot aixó per un miserable preu. Pero Paca es animosa i no decau, aguanta i fila, i fila, i fila i pareix com si mai es cansara, encara que les ulleres 

"...aguanta i fila, fila, i fila i pareix ... "

 que envolten els seus ullets no le deixen disimular lo consumideta que va per dins. Vicent sap la raó d’eixa fictícia fortalesa, i és el seu amor propi, que no és el mateix que l’orgull: La Paca no vol acabar en la casa de La Misericòrdia. Destí de tots els pobres de solemnitat de la ciutat. La majoria d’ells espardenyers, soguers, teixidors, costureres i filadores. Son tants els companys d’ofici els que han acabat alli que en la Casa de la Misericordia s’ha fet necessari planificar alguns telars per teixir llenç, peines per a rastrillar el cànem i dos rodes per a filar, i així que els pobres fasguen alguna cosa de profit. També s’ha decidit que els xiquets més menuts vaixguen a parar al col.legi d’Orfes de Sant Vicent Ferrer, fundada en 1789, on s’els ensenya a llegir, escriure i tota sort de llavors relacionades amb el cànem i corderia. Les autoritats tenen tant d’interés en això que els qui expresen la seua voluntat de continuar amb aquest ofici poden quedar-se en l’escola fins els 16 anys i els qui no volen, han d’eixir als 14 anys”. Però la Paca no vol que la seua Mercedetes, ni el seu Lluisset acaben allí, per aixó fila, fila i fila i torne a filar… encara que els ulls se li tanquen… pero els seus dits, plens de dureces encara que ella s’els unte amb oli, no deixen de moure’s fins ben avançada la nit. Vicent somriu a la Paca, que arriva amb el saquet de la brena. Al Vicent se li sent la panxa, perquè està amb un tros de pa i cinq figues seques des que es va alçar a l’alba. Paca ja esta al seu costat i junts, com cada dia, busquen l’ombra d’un arbre i es senten a terra. L’almorçar és un tros de pa i dos llesques fines de cansalà viaeta, de la darrere matança que els va baixar sa mare l’altre dia que va anar a vore’ls. El Vicent i la Paca reguen aquesta vianda amb uns glops de vi de Benicàssim, del barral que acompanya el saquet de brena. Amb la panxa un poc més plena els entra l’ensopiment i recolcen l’esquena en l’arbre, dient-se que necessiten descansar mes que sigua una estona.

Queden tantes hores encara… fins que es fique el sol i amague darrere el seu mant de foscor eixe cel tant lluminos i tant blau… tan blau com sempre i tant nostre. I jo tinc que obrir els ulls darrere les meues ulleres de sol, perquè la rutina diària m’espenta i m’obliga a mirar el rellotge. Ja he d’anar-me’n i deixar la imaginació per a una altra ocasió. No obstant em done dos segons mes de gràcia i fantasia: Al meu costat encara puc veure al Vicent i a la Paca, estesos a l’ombra d’aquell arbre fort, que els done bona ombra i te llargues i fortes arrels, afonades en la terra roja i fecunda del nostre Castelló. Del d’aleshores, del d’ara…. del de sempre.

Relat de col.laboració al llibret
de la "Gallata Hort dels Corders"
 de Castelló, en el 2010.


RELATO Nº 3 : " El Viaje". (viajes interiores)

"El viaje mas interesante que se puede hacer ..."
"El Viaje". 

“El viaje mas interesante que se puede hacer
 en esta vida, es el viaje hacia el interior de
 uno mismo”

 Hace años asistí a una charla sobre 
“escritura creativa” impartida por la 
escritora Cristina Cubas. 
Entre muchas cosas la escritora reflexionó sobre cierto tipo de viajes interiores, ilustrandolos con una anecdota propia. 
Inspirada en aquella tertulia, unos días atrás, escribí este relato breve. Espero que os guste. 



Llamaron a la puerta.
Abrí, encontrándome cara a cara con una monja. Tras unos instantes de desconcierto intuí que podria tratarse de una religiosa, de las varias que viven en un convento de clausura pegado al alto bloque de apartamentos, donde vivo. 

Tras la inicial sorpresa le pregunté el motivo de aquella visita, ya que nunca antes había tenido contacto con ninguna de ellas. 

La respuesta fue simple: 
 - “Verá... entré en el convento siendo casi una niña… y nunca he vuelto ha salir de él. Ahora, siendo ya bastante mayor, siento cierta curiosidad y... le parecerá extravagante, pero no quisiera morir sin saber cómo nos ven el resto de vecinos desde sus casas. Descubrir esa “otra perspectiva”, me parece interesante, ¿Podría utilizar su terraza para ello?”
  
 Entre sorprendida y encantada, la dejé pasar, la acompañé a la terraza y fui testigo de cómo la anciana monja observaba entre emocionada y cavilosa, aquella visión nunca antes contemplada: las paredes encaladas de blanco del convento, con su patio interior convertido en un jardín gracias al trabajo de sus manos... de hecho, un par de sus compañeras estaban en aquel momento atareadas con unos rosales...  la mujer sonrió en reconocerlas, pero no se conformó con aquella visión. Sus ojos se deslizaron hacia los alrededores. Desde la terraza del atico se vislumbraba aquella amplia avenida y sus calles colindantes, la gente yendo y viniendo, las prisas, los atascos, los vecinos mas pequeños ocupando el parque cercano, jugando a pelota o entreteniendose con los columpios, los autobuses cargando y descargando usuarios, supermercados vomitando gente, motocicletas zigzageando entre los coches... 

La mujer permaneció absorta varios minutos, no sé si pocos o muchos, porque lo cierto es que yo habia perdido la percepcion del tiempo, intentando adivinar sus pensamientos, qué habia tras aquellos ojos gastados por el tiempo, que seguramente veían mas allá de lo que yo contemplaba. 

Finalmente, tras agradecerme el acceso a mi vivienda, desapareció tan sigilosamente como había hecho acto de presencia. 
Fuí incapaz de decir nada salvo "no tiene importancia, vuelva cuando quiera". 

Aquel aparentemente inocente suceso,  me dejó no obstante conmocionada y llena de una extraña inquietud, llevándome a reflexionar sobre el asunto. 

Hasta deducir que aquel “corto viaje” efectuado por la monja, era realmente el mas difícil y peligroso que podía efectuar todo ser humano. 
Ya que, entre otras cosas, se necesita una buena dosis de humildad para aceptar qué espacio ocupas en el universo, y qué visión o perspectiva pueden tener otros de ti... en ocasiones nada parecida a la que que tú tienes de tí mismo. 

Si, se necesitaba una buena dosis de valentia para hacerte aquella pregunta, y otra buena dosis  para, llegado el caso, rectificar el camino mal trazado.


jueves, 10 de mayo de 2012

RELATO Nº 2 : "El Alfiler" . (cosas que nos unen)

"El Alfiler" -      
- "Las joyas son siempre para las hijas". 
  
Con aquella frase Herminia dio por terminado el asunto, antes de que nadie ni siquiera lo hubiese mencionado. Vació el escaso contenido del joyero en el interior de su bolso y el joyero en cuestión fue lanzado sin miramiento a la bolsa de basura. Al fin y al cabo era un simple estuche de tela, viejo y roñoso. 
Yo, sin ganas de protestar, le dejé hacer. Herminia, tras echar a la bolsa de basura varios pares de zapatos, salió hacia el comedor. Fue en ese instante en el que en un tris-tras, revolví en la basura hasta dar con el joyero y esconderlo apresuradamente en mi bolso. Tal y como si acabase de cometer un autentico robo. No era esa la razón por la que obré tan sigilosamente, sino por la certeza de que Herminia se reiría de mí en conocer el deseo de apropiarme de aquel objeto ajado.

" Mercedes Gimeno no hacía ni tres días que había muerto y nosotras ya estábamos borrando su huella en la humilde casa".

 Tras una hora más de limpieza de armarios, dimos por terminado el asunto. Antes de irnos nos acercamos a Inocencio, que como solía ser, fumaba su pipa en el patio. Alzando la voz porque estaba algo sordo Herminia le dijo: 
- Padre... la cena la tiene preparada encima del fogón… en la nevera le hemos dejado comida para dos días. Padre, recuerde: Luisa vendrá los viernes y yo los lunes. 
Inocencio asintió y sin exteriorizar demasiados sentimientos, nos vio marchar tras recibir un par de besos.

"Era de saten rosado, con forma hexagonal y estaba cosido a mano"
 Ya en casa saqué el joyerito del bolso depositándolo sobre mi cama.  Era de saten rosado, con forma hexagonal y estaba cosido a mano. 
 Yo lo había visto encima del tocador de mi suegra durante el breve tiempo en que coincidieron nuestras vidas. En una ocasión, viendo cómo me lo quedaba mirando, me comentó, satisfecha de haber acaparado mi atención: 
 - Lo hice yo… cuando estaba curándome en el hospital de las monjas. No es gran cosa pero a mi me ayudó a pasar… a pasar mejor aquellos duros ratos.  
 De aquellos hechos yo había conocido retazos y así, enlazando unos con otros, con el tiempo monté parte de su historia: Mercedes había sido durante toda su vida lo que se conoce por una “buena mujer”, pero de esas que por ser demasiado sacrificadas consienten abusos excesivos que terminan por consumirles la vida antes de tiempo. Por penar demasiado, cuando nació su hijo estuvo a las puertas de la muerte y solo lograron salvarla secándole un pulmón e ingresándola en un hospital, donde las monjas la ayudaron a remontar la convalecencia. 
 Mi lado mas sentimental hizo imaginarme a esa mujer, joven, ignorante, simple y de buen corazón, cortando, montando y cosiendo, puntada tras puntada, aquella pequeña cajita de tela… quizás considerando mientras lo hacía, si podría sobrevivir, y de hacerlo, cómo lograría sacar adelante a sus hijos en un país lleno de miseria. La empatía que yo había sentido hacia Mercedes no era porque fuese la abuela paterna de mis hijos… sino porque era la viva representante de una raza antigua de españolas educadas para una incuestionable resignación. 
              Así que allí estaba yo, pensando en la servicial abuelita a la que mis hijos apenas si iban a recordar, contando como contaban por aquel entonces, 4 y 5 años. Pero en eso me equivoqué, porque años después, hablando de ella, mis hijos me confirmaron que efectivamente no la recordaban físicamente, pero sí al evocarla, sentían cierta sensación de bondad y un inconfundible sabor a chocolate blanco (el que ella les regalaba en cada una de sus visitas) 
            El joyero, aun siendo viejo, estaba limpio y en perfecto estado. Al abrirlo, para sorpresa mía descubrí prendidos en la tela, un broche y un Alfiler, antiguos y sin valor. El broche tenía forma ovalada y era de esmalte blanco, en cuya superficie se veía pintado un ramillete de flores silvestres. El Alfiler era muy simple pero solo verlo tuve la extraña sensación de haber reencontrado a un viejo conocido. Su aguja era bastante larga, de unos 10 centímetros de hojalata dorada, y en uno de sus extremos, una bola de cristal blanco transparente se engarzaba con una serie de diminutos pétalos de metal dorado. No se porqué esa aguja me cautivó y en lugar de guardarla de nuevo en la cajita (que deposité en el cajón de mi cómoda) la dejé caer dentro de mi joyero personal. 

 -   19 años después  - 
  Pasando el dedo sobre mi parpado quité una mancha de rimel, me miré en el espejo y di por terminado el arreglo matinal. Prisas. Horarios. Relojes. Había que irse al trabajo. Ya. No quedaba tiempo para nada mas, salvo para colgarse el bolso y salir pitando. Un último vistazo en el espejo hizo que me percatase de que mi vestido se abría demasiado: contrariada comprobé que se había caído el botón que ajustaba las solapas sobre mi pecho. 

...y cogi el Alfiler que alli habitualmente guardaba clavado en la pizarra de corcho, entre chinchetas con recibos, extractos bancarios, fotografias....
No tenía tiempo material para un cambio de ropa así que fui hacia la cocina y cogí el Alfiler que allí habitualmente guardaba clavado en la pizarra de corcho, entre chinchetas con recibos, extractos bancarios, fotografías, y post-its llenos de anotaciones. 
 Con un movimiento lo prendí sujetando las dos solapas y dando por solucionado el incidente. Cerré la puerta del piso y me colgué el bolso en bandolera, dejando caer en su interior las llaves de casa. En la calle me dije que aquel iba a ser un buen día de primavera: aún no eran las nueve de la mañana y ya el sol brillaba de manera luminosa. 
 Bajé calle abajo con paso rápido. El bolso se sacudía a cada paso que daba y me percaté de que al llevarlo en bandolera la correa coincidía con la bola de cristal del Alfiler, zarandeándolo y haciendo que éste se deslizase hacia fuera. Solo fue un segundo lo que duró este pensamiento: 
 - “Ya veras como aún lo perderé…”- y fue otro segundo lo que duró el pensamiento que lo reemplazó: - “No. Tendré cuidado… no lo perderé”. – y presioné la bola de cristal hacia el interior, introduciéndolo de nuevo hasta el fondo de la solapa. 
 Recorrí los veinte minutos de mi diario trayecto a pie desde casa a la oficina, disfrutando de la belleza del Parque Ribalta con la primera luz del día, de las calles del centro de la ciudad aun desperezándose… y solo fue cuando llegué a la oficina y soltarme Emilia: 
 - “Chica, tan pronto y ya haciendo strip-tis…” - cuando me percaté de lo sucedido. Las solapas del vestido estaban abiertas, el sujetador al descubierto y ni rastro del alfiler. Fue una mezcla de intensísimo cabreo y desconcierto lo que sentí en escasos segundos. Tanto que incluso noté un vahído. No sé qué cara debí de poner porque Emilia se echo a reír y me dijo:
  - “ Chica, que no hay para tanto, que las tetas no se te ven… y el “suje” es una monada…”. 
 Pero yo no le hice el menor caso, estando como estaba controlándome por no auto pegarme dos bofetadas bien merecidas:
  - “Mira que te lo he dicho, mira que te lo he dicho…!!!”. Me reñí a mi misma en voz alta saliendo precipitadamente a la calle y dejando a Emilia mas asombrada si cabía. Recorrí a la inversa los últimos 50 metros rogando por ver el Alfiler en el suelo, caído, huérfano de madre, a la espera de que mis manos lo recogiesen. Pero aquello no sucedió. Observé la calle, larga, recta, interminable. Volver sobre mis pasos y regresar luego a la oficina eran como mínimo 15 minutos de ida más otros 15 de vuelta. O sea: media hora de retraso a la entrada del trabajo. Dios mío. Con lo mal que estaban las cosas, con la de despidos que amenazaban encima de nuestras cabezas. ¡¡¡¡Y ya daban las 9 en el campanario de la plaza!!!!. 
 ¿Qué excusa podía dar a mi jefe?. - “Es que he perdido un alfiler” – sonaba ridículo. ¿Y si añadía?... “Para mi tenia un gran valor sentimental?”- …. Mas ridículo todavía. Así que con una mezcla de dolor y resignación entré en la oficina y ocupé mi lugar de trabajo. Descolgando el teléfono que ya atronaba a la espera de que alguien le atendiese, mientras contestaba: 
 - “Rasan Grup, buenos dias ¿Digame? - No podia dejar de repetirme mentalmente : ¡¡Gilipollaaaaassssss…!! 

 - Tres horas más tarde, aprovechando mi descanso para el almuerzo, hice el recorrido de ida y vuelta examinando con la vista cada centímetro de acera y Paseo Ribalta. Nada, ni rastro. Con la de gente que había pasado durante ese tiempo por aquella zona transitada… ¿ En qué bolsillo andaría mi alfiler…o estaría ya prendido en una solapa? 
 Para empeorar mas mi ánimo recordé el pañuelo de cuello que perdí el verano anterior en Paris, regalo de mi tía abuela Paca: suceso por el que estuve mortificada varios días preguntándome cómo podía ser tan despistada y qué parisina a partir de entonces, lo llevaría entrelazado en su cuello, sin saber de su verdadero valor sentimental. 
 Con tanto sobresalto y “examen de conciencia” sufrí una especie de “visión mística-estrafalaria”, de esas que, reconozcámoslo, suelo padecer en momentos de crisis: Una voz interior me reveló que la misión del Destino era concedernos y arrebatarnos cosas malas y cosas buenas, que nuestra historia personal es un puzzle compuesto por ese continuo llegar y marchar de objetos, amistades, lugares y vicisitudes, dejando con ese ir y venir su huella indeleble en nuestra existencia, convirtiéndonos con ello, en seres únicos y diferentes. 
 De ser esa idea cierta…. quizá ese pañuelo perdido, ese Alfiler, esos objetos, esas amistades que van quedando atrás… y en otras manos, ayudan a darle forma al destino predestinado de esos desconocidos que se adueñan de lo que nosotros perdemos. O abandonamos. Ya veis a qué conclusión tan absurdo llegue… 
 Como aquella “peli” que vi una vez en la Filmoteca, y que nos narraba las aventuras de una simple cajetilla de fósforos, que era extraviada y encontrada por una serie de personajes anónimos, que sin saberlo, iban creando la esencia del film… 
 O como aquella otra noticia que leí una vez en un periódico sobre un completo desconocido que se dedicaba a leer novelas y luego abandonarlas en los bancos de los parques, en el asiento de un vagón de metro, en la repisa de una ventana… con la inscripción en la primera pagina en la que se leía: - “Este libro tiene por destino ir cambiando de manos, así que si lo encuentras y te interesa léelo, pero por favor, no lo guardes en tu casa, vuélvelo a dejar en otro sitio público, para que otro lector, desconocido como tú y yo, disfrute de sus paginas.".

  Aquel torbellino de extravagantes pensamientos lograron de cierta manera reconfortarme por un rato. Pero cuando al medio día regresé a casa y contemplé el hueco dejado en la pizarra de corcho por el Alfiler… sentí el mismo pesar que hubiese sentido de haber perdido a una vieja amiga. 

 Y entonces… entonces… lo confieso: volví a tener otro pensamiento… “raro”, (de esos que, como veis, ocupan demasiadas veces mi mente). No sé porqué rememoré a mi abuela Pepita. Entre su abanico personal de raras habilidades estaba la de encontrar objetos perdidos, por eso, cuando alguien de la familia o algún vecino perdía algo, venia a casa y le decía: 
  - “Pepita, no encuentro esto ó aquello, por favor… encuéntramelo”. Y Pepita se encerraba en su dormitorio para que nadie la molestase y rezaba una oración que solamente ella sabía, porque a ella se la había enseñado su madre, mi bisabuela Pepa, y ella a su vez solo se la podía enseñar a su hija, mi madre, y ésta, en teoría, debería de habérmela enseñado a mí. Pero mi madre no era “rara” como mi abuela, ni como yo, así que pasó de aprender oraciones y por consiguiente, de trasmitírmelas.
 - Ay abuela… - suspiré con ironía - … qué bien me iría ahora esa oración”. 
       E irreprimiblemente me invadió el impulso de cerrar los ojos allí mismo, de pie en medio de la cocina, frente la pizarra de corcho, tal y como si ésta fuese un altar. E invoqué y supliqué a mi abuela Pepita para que allí donde estuviese, rezase ella por mí esa oración tan efectiva y que el alfiler reapareciese; como sucedió mientras vivió, en todos los casos en que ella había intercedido entre el mundo material y el espiritual… 
 Si, aún podía recordar la cara de estupefacción de familiares o vecinos cuando volvían a nuestra casa con el objeto perdido entre sus manos, diciendo con un hilo de voz: 
  - Pepita…lo he encontrado…y no lo entiendo… si yo había mirado allí cien veces!!!. 
    Cuantos recuerdos me invadieron...
 Pero con un supremo esfuerzo los aparté implorándome cierta dosis de cordura: 
 - Luisa… por Dios!!! Parece mentira que a tus años sigas con tus cuentos antiguos, tus espíritus y tus rarezas!!! Déjalo ya… compórtate como la adulta que eres. Reconócelo, has sido descuidada y has perdido el Alfiler, solo eso… ahora serénate, siéntate a comer y olvídate de todo esto. A las cuatro tienes que estar de nuevo en la oficina… Esa es la realidad, lo otro son tonterías y cuentos de vieja chocha… que visto lo visto…es lo que eres!!! 
  En aquella lucha interior entre la locura y la cordura terminó por ganar ésta última, así que opté por aliñarme la ensalada, asarme el pollo y comer mientras el telediario de las 3 me hablaba de crisis y guerras. 

Era jueves, habían trascurrido tres días y el disgusto ya se me había pasado… relativamente. Al fin y al cabo sólo se trataba de un alfiler, además, como consuelo había optado por tomar la determinación de comprarme uno parecido, aprovechando alguno de mis viajes al extranjero, para que de esta manera igualmente tuviese un significado especial para mi. 
Eran casi las ocho y media de la noche y tenía la cabeza saturada tras una jornada de intenso trabajo. Suspirando de cansancio me detuve frente mi portal, metí la mano en el bolso, mecánicamente, como hacía un mínimo de ocho veces al día en busca de las llaves… cuando de pronto rocé algo con las yemas de los dedos … reconociendo al instante su contorno. 
Perpleja e incrédula saqué el objeto del bolso y lo observé sin entender nada. 
¡¡¡¡¡   Ab-so-lu-ta-men-te -na-da   !!!!!!
Al cabo de unos segundos, durante los cuales di varias vueltas a la Galaxia y regresé, logré pronunciar una conclusión coherente: 
- “Debo darle las gracias a la ley de la Gravedad, a la Ley de las Probabilidades e incluso a la Santa Providencia: cuando el alfiler se desprendió de mi vestido por la fricción contra la correa de mi bolso … en lugar de caer al suelo, como hubiese tenido que haber sucedido teniendo en cuenta que existía por lo menos un 99’99% de posibilidades… no lo hizo!!! Por esos azares curiosos e imprevisibles de la vida, de los giros y del movimiento… topó por casualidad con la apertura mínima de la boca de mi bolso… y allí se quedó!!! Cumpliéndose el 0’01% del resto de posibilidades existentes. 

Si… racionalmente eso, únicamente eso, cabía que hubiese sucedido. 
 Pero… ¡¿ Sabéis quééééé?!!!!!!!… 
 Como soy rara… rarísima en ocasiones… no le di las gracias a la ley de la Gravedad, ni a la de la Santa Providencia, ni a la Ley de las mínimas mínimas Probabilidades… Le di las Gracias directamente, y a conciencia… a mi abuela Pepita. 
 Si, solo ella…solo ella podía conseguir… algo así.

      Este relato va dedicado a todas esas personas, recuerdos y objetos que nos      
acompañan durante toda la vida y nos dan fuerzas para seguir adelante. 


martes, 8 de mayo de 2012

RELATO Nº 1: "Una Nota en un Bolsillo".Basado en un hecho real.

   "La maquina de coser se detiene y Libertad.... "   
 " UNA NOTA EN UN BOLSILLO". (España 1937) 
(Este relato no entiende de ideologías. Es simplemente un relato que nos habla de sentimientos y esperanzas.)

La maquina de coser se detiene y Libertad tira del capote. Lo repasa fijando su mirada ávidamente en cada una de las puntadas. Si, está bien cosido. No se romperá fácilmente. Así que lo dobla dejándolo a un lado, coge otro capote del montón que tiene a sus pies, lo introduce en la maquina y empieza con el dobladillo mientras sus piernas, rápidas y jóvenes, le dan al pedal. Después de una larga jornada y un sin fin de capotes a los que se ha dedicado a hacerle el dobladillo, Libertad se pone en pie, estira los brazos, las piernas, el cuello: todo su cuerpo está dolorido por tantas horas en aquella postura delante de la maquina alemana.
Tambien el resto de compañeras dan por concluida la jornada. Se reúnen todas con aire cómplice y divertido alrededor de la mesa de la encargada, una mujer que no deja de dar ordenes a varios jovenzuelos, ocupados en colocar en una estantería rollos de la gruesa tela utilizada para confeccionar vestuario militar republicano. Estamos en plena guerra civil española.                      La mujer se llama Filo y su cabeza esta coronada por una maraña de pelo rojizo, sujeto con varias peinetas sobre su nuca. De sus labios cuelga un cigarrillo tiznado de rojo por un extremo: la Filo se pinta los morros hasta para ir a trabajar, de un rojo chillón, rojo como su corazón y su bandera. Filo seguidamente se dirige hacia el grupo de jovencitas que la esperan alrededor de la mesa, impacientes, cuchicheando entre si. De nuevo levanta la voz, esta vez socarrona, para soltarles con desparpajo:
- Anda, que hay que ver cómo os gusta... y la verdad es que es la mejor parte del dia, después de tanto darle al pedal y la aguja... jajajajaja...
Todas las mujeres se unen a su risa mientras la Filo saca la libreta donde registra diariamente el Debe y el Haber, los encargos que entran y salen, direcciones de proveedores y clientes, cuentas y demás anotaciones propias de su cargo como responsable del taller de confección. Filo va directamente a las ultimas páginas que todavía estan en blanco y arranca dos de ellas, busca las tijeras y corta varias tiras de papel que va entregando a su circulo de empleadas. Luego se gira hacia Libertad y le grita que se una al grupo, que no sea tonta, que es algo inocente y gracioso, para que los chicos del frente tengan algo divertido que contar, entre tantas desgracias que sin duda padecerán. 
Libertad se acerca, pensando en todos esos jóvenes como su hermano, como sus amigos y vecinos de toda la vida. Busca el lápiz que tiene en el bolsillo, el que gasta para anotarse en su hoja de producción todos los capotes militares que hace cada dia y todos los que le quedan aún por terminar. Observa a sus compañeras que sueltan risotadas mientras se leen de unas a otras lo escrito en los retazos de papel, la mayoria con letra torpe, de campesinas más acostumbradas al trabajo duro que al estudio... 
   "Un beso de la MariChus para el soldado más guapo y valiente".
 "Te dejare darme un revolcón si vuelves entero del batallón" - lee soltando una gran risotada Pepita. Y asi, una a una, van escribiendo, leyendo, riendo y doblando los retales de papel, para a continuación esconderlos en el interior de los bolsillos de las chaquetas militares recién terminadas. Saben que esos picaros escritos llevaran un soplo de desenfado a esos desconocidos que luchan y defienden sus mismos ideales en primera linea de fuego. Cuando terminan, todas miran a Libertad, que todavia no se ha decidido. Libertad apenas tiene 16 años y esto la azora. Pero piensa en los jovenes del frente, en que pueden flaquear en algun momento, así que se anima y escribe con letra clara, bonita,  y en cursiva: 
- " Libertad es mi nombre y Libertad es lo que todos los compañeros del frente defendéis. Libertad del pueblo llano y Justicia para él. Por eso te deseo que esta chaqueta te proteja de todo mal y sea capaz de parar todas las balas que vayan destinadas a segarte la vida. Animo. No estás solo. Somos muchos y muchas los que estamos a tu lado. Tuya siempre, Libertad". 

La joven dobla el papel, y va a guardarlo en el bolsillo de una chaqueta cuando se percata del silencio que la envuelve. Mira cómo sus compañeras se han callado, unas cavilosas, otras celosas, hasta que ese emocionado silencio es roto por Carmela, que no quiere ese tono dramático para aquel final de jornada. Así que lee en voz alta su dedicatoria: ... pues yo he escrito... "A mi me gustan los toreros, así que si sabes torear bien a los Nacionales, te prometo que me dejare clavar tu estoque cuando todo esto acabe". 
      Y de nuevo llega el griterío, las chanzas, la risa, y las miradas picaras, mientras Libertad busca un bolsillo cualquiera, en una chaqueta cualquier, para esconder su trozo de papel.
  
"El tren se detiene y un hombre baja de él.... "

--- Unos años después.--- 
El tren se detiene y un hombre baja de él.
Viste con un traje excesivamente holgado y corto de mangas y perneras. Manuel ha crecido y ha adelgazado. Ha cambiado mucho después de estos años de tragedia. Luchó en bando Republicano. Le tocó perder. Se salvó por los pelos de morir fusilado. Daba gracias a dios por soportar sólo 4 años de inhumana carcel. 
Durante toda la contienda y este tiempo de encierro, núnca se ha encontrado solo, le ha amparado el amor de su familia, el recuerdo de sus compañeros... y el retazo de papel que encontró un dia, en el bolsillo de su chaqueta militar. 
Manuel anda desorientado, mira a su alrededor, pregunta a varios pasajeros que como él, se bajan del vagón. De hecho no esta seguro de que sea esa la ciudad donde ella vive. Solo tiene los escasos datos que figuraban en la etiqueta de tela de la chaqueta militar. Así que pregunta por ese taller, pero nadie sabe decirle algo al respecto. 
       Sale de la estación, se encuentra con un parque, lo cruza llegando hasta una explanada, donde vuelve a preguntar. Alguien le dice que sí, que conoce esa antigua fabrica. Pero ha cambiado de dueños, aunque no de faena, continúa con la confección de ropa militar, pero ahora para la Guardia Civil. Así que le indica la dirección, muy a las afueras. Para allí se va Manuel. 
Al llegar se cruza con un joven cargado con varios fardos de ropa. Le pregunta por el encargado alzando la voz, porque el sonido de las maquinas de coser amortiguan sus palabras. El joven le indica un pequeño despacho a su izquierda. Tras los cristales ve un hombre inclinado sobre una mesa llena de papeles, levanta el rostro cuando Manuel golpea la ventanita, le indica que pase y le pregunta qué quiere, qué se le ha perdido por alli....si busca trabajo, no hay. Manuel le dice que lo que busca es una chica, o una mujer, no lo sabe, solo que trabaja, o trabajaba, alli, hará unos años, durante la guerra, de ella lo desconoce todo, salvo que tiene buena letra, buenos sentimientos y se llama Libertad. El hombre le mira sin entender, desconcertado, preguntándose si estará ante un demente. Piensa en todo el trabajo pendiente y cómo puede zanjar la cuestión rápidamente. 
Le corta con un: "Aqui no trabaja nadie que se llame Libertad... ¿Pero qué clase de nombre es ese? desde luego, muy cristiano no es. 
Manuel no se deja amedrentar, después de todo lo que ya ha pasado... por eso va preparado, e insiste, y pregunta y pide ayuda, más que sea el nombre de alguien que trabajase en aquellos años y sepa decirle algo mas sobre la muchacha. O la mujer. El hombre le mira impaciente y decide mentarle a una tal Filo, una roja a la raparon el pelo y pasearon por toda la ciudad cuando entraron los nacionales, una que ya no es encargada ni nà, solo una pobre mujer que vive en una casa solitaria, pasando la carretera que lleva hasta el cementerio, una casa que tiene una higuera pegada a la puerta de entrada. Manuel no insiste, desconfía de la mirada desabrida del hombre.     
             Antes de salir por la puerta se detiene. Observa cada rincón del taller, imaginandose a un grupo de chicas, de mujeres, de todas las edades, dedicadas a la costura. Entre ellas habia una que le trajo fuerzas en cada momento de flaqueza, sin ella saberlo. Aprieta fuertemente el ajado trozo de papel que guarda como un tesoro en el bolsillo. Y asi sale, decidido, preguntando esta vez por el camino que lleva al cementerio, mientras por el recorrido observa a todas las mujeres que van a su encuentro, preguntandose si se habrá cruzado con Libertad y no la habrá reconocido. Porque en realidad no sabe nada de ella, si es joven o vieja, si es guapa o fea, si es soltera, viuda,  o casada. 
"...llega a la casa. Y llama a la puerta"

   Y asi, inquieto, llega a la casa. Y llama a la puerta. Una y otra vez, respondiendole el silencio. Dudoso mira a su alrededor. Decide sentarse a la sombra del arbol, esperar... no sabe qué. Al rato llega una mujer vestida completamente de negro, con paso cansado y pelo encanecido recogido en una peineta sobre la nuca. Observa extrañada a aquel joven delgado y alto, que la mira entre reparoso y ansioso, preguntandole si es ella doña Filo, la encargada del antiguo taller de ropa militar... republicana. A la mujer se le detiene el corazón y no sabe qué decir, porque la palabra "república" esta maldita y ella ya ha sufrido bastante por ello. No encuentra qué contestar a aquellos ojos agotados y angustiados. Ni puede alzar su vozarrón para espantar aquella aparición. Por eso no contesta nada y se va directa hacia la puerta sacando la llave del bolsillo de su delantal.
  El joven insiste, le pregunta si se llama Filo. Pero ella calla, mete la llave en el cerrojo y es entonces cuando el muchacho, desesperado, le suelta: 
 - Filo, por Dios, que soy de los suyos... no me tenga usted miedo... no le quiero nada malo... solo busco a una joven, o quizás una mujer como usted... no lo sé, ella trabajaba en su taller, durante la guerra... se llamaba Libertad... 
 La Filo detiene las vueltas de la llave en el cerrojo, cierra los ojos intentando que el escalofrío que siente por dentro no se refleje por fuera. Levanta la vista para tropezarse con esos ojos negros que la miran fijamente, de ese rostro joven curtido por la intemperie y las penalidades. 
 El desconocido saca de su bolsillo el trozo ajado de papel para mostrárselo, mientras le murmura pegado a su oído: - Libertad puso esta nota en el bolsillo de mi chaqueta... ella me ha mantenido vivo todos estos años.  
 Es entonces cuando la coraza de La Filo se desarma y necesita sujetarse en el brazo del muchacho al darle como un vahído. Sus ojos reconocen esa letra bien trazada y en cursiva. Cómo olvidar a Libertad, la hija de aquel maestro fusilado... así que le mira esta vez a la cara. Y los dos tienen la extraña sensación de reconocerse. 
     
 Suenan dos golpes en la puerta y al momento abre una niña. La Filo le pregunta si se encuentra Isabel. La niña asiente y echa a correr pasillo adentro, dejando la puerta entreabierta. Es una casa vieja pero limpia, de piso empedrado y paredes encaladas. El pasillo es largo y cruza toda la casa hasta alcanzar la puerta trasera. 
 A Manuel le ha dicho Filo que Libertad tuvo que cambiarse de nombre y ahora se llama Isabel. Tambien que su familia ha llorado varios muertos y  a duras penas ha podido sobrevivir a la desgracia, la miseria y el miedo. Que Isabel apenas sale de casa y se dedica a bordar ajuares para las hijas de los nuevos ricos. Y la Filo no ha dicho nada más. Si es joven o si es vieja. Si es fea o si es guapa. Si es soltera o esta casada. 
 A Manuel no le quedan fuerzas para preguntar. Se deja llevar por la Filo, que  le conduce por el pasillo hasta alcanzar unas escaleras, suben por ellas hasta alcanzar el primer piso, de allí se dirigen hacia la última habitación, la que da al terrado. Es la única habitación que tiene una puerta enorme que casi siempre esta abierta, para que entre la luz del dia y la fragancia de las flores que la vieja abuela cuida con mimo. Isabel se pasa los dias allí, en compañia de su maquina de coser y el bastidor. 
De pronto Isabel oye una voz que la llama por su nombre: Libertad. No puede creerlo. Será una alucinación, hace siglos que no escucha esa voz tan conocida en otros tiempos, hace siglos que nadie la llama Libertad. Por eso no hace caso y cierra las puertas al recuerdo, intenta centrarse con la vainica que está bordando en una manteleria para la hija de un rico comerciante de naranjas.  

"... e intenta centrarse con la vainica que...."

- Libertad... - oye por segunda vez, ahora más cerca. Esta vez sí detiene sus dedos. 
Manuel descubre la figura femenina perfilada en el fondo de la habitación, rodeada de una especie de aura de luz, que entra a través de las puertas abiertas. Tiene el pelo oscuro, largo, recogido en una trenza y viste de negro. Su rostro joven expresa la madurez que conlleva el sufrimiento.               Isabel levanta la cabeza y la dirige hacia la voz que le recuerda que una vez, en otra vida, ella se llamaba de otra manera. Los ojos de la joven se abren con gozo al reconocer a la mujer, luego se deslizan hacia el muchacho, con curiosidad y sin recelo. 
 Manuel aprieta fuertemente el trozo de papel que lleva en su bolsillo, lo saca y lo extiende hacia la joven, mientras se dice que, a veces, la vida se distrae y nos concede el mejor de los regalos.... que finalmente él ha llegado a su destino. 

 (Me gusta escuchar historias que la gente guarda en su memoria. Y un dia, casualmente, una muchacha me dijo que habia escuchado contar a su abuela que en Castellon habia un taller de ropa militar, y que las modistas para alegrar a los soldados del frente, les enviaban escondidas en los bolsillos, notas picantes. Uno de aquellos soldados regresó del frente y fue en busca de la muchacha que le habia escrito aquella nota. Y se caso con ella. No recordaba más y la abuela ya había muerto. Es cierto que son pocos datos pero para mi han sido suficientes para, con algo de creatividad y corazón, escribir este relato. 

Quizás sucedió así, o tal vez de una manera algo diferente, pero qué queréis que os diga, mi corazón me ha llevado hasta esta historia... ¿Qué os dice a vosotr@s el corazón?)